lunes, 27 de julio de 2015

El juego de cartas

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves…

Un pequeño temblor en los párpados y una musiquilla que se oía a lo lejos. Abrí los ojos y me vi de nuevo en el mundo de los Hombres entrando en el gran salón del Vizconde donde acababa de dar comienzo el baile de disfraces. Aquellas gentes danzaban y cantaban alegres vestidos con trajes que parecían sacados de la corte del rey Luis. 

Las cuerdas amenizaban la velada con sus violines y contrabajos. Una luz amarilla y naranja envolvía toda la sala y parecía hacer de todo lo que allí había una sola cosa, como si no hubiera diferencias entre esto y aquello, pues todo, siendo diferente, formaba parte del mismo circo y se movía y reía al compás de la misma música.

Un sirviente me ofreció champán y algo de comer. Al momento la Marquesa de Bizarre me tomó por el brazo y me arrastró hasta una mesita en el centro de la sala donde los caballeros, y también las damas, jugaban a un pasatiempo que combinaba tragos de vino y cartas. 

-¡Gana el que saque la carta más alta! ¡Pero si el contrincante vuelve a extraer otra carta de la baraja puede ganar y hacer que seas tú quien termine bebiendo de su copa!- Gritó la marquesa a la vez que empujaba de un golpe de caderas a un hombrecillo triste y menudo que estaba sentado en el lugar que nosotros ocupamos. 

Después de varias rondas todos los bebedores jugaban relajados y alternaban los licores con risotadas y gesticulaban de manera exagerada con las manos y con la cara. A la Duquesa de Rioltz se le había caído la peluca justo en el momento en el que su silla se quebró en dos, hecho que le hizo caer de espaldas al suelo generando grandes carcajadas entre todos los asistentes que allí estábamos reunidos. 

De repente sonó en la lejanía un reloj. Nadie pareció oírlo y todos siguieron jugando sin preocupación de ningún tipo. Al principio sonaba muy suave, como si estuviera en otra sala de aquel palacio. Después de la sexta campanada su tañido se había vuelto casi un estruendo en mis oídos pero ninguno de los que me acompañaban parecía sentir su martilleo. 
-¿No lo oís?
-¿Oír el qué?
-¡El reloj!
-Yo no oigo nada… ¡La reina de corazones! ¡He ganado! 

Justo cuando sonó la décima campanada todas las ventanas de la sala se abrieron y sus cristales se quebraron dejando entrar un viento helado del exterior que acabó con la luz de todas las velas y en un momento la oscuridad lo gobernó todo. 

Fue entonces cuando mis compañeros de velada se percataron de aquel sonido, de aquel reloj en la lejanía que hasta ese momento había pasado desapercibido en sus oídos. La gente chillaba y llamaba a los criados para que cerraran las ventanas y trajeran candelabros pero el caos se había adueñado de todo y nadie respondía a los gritos de socorro. El viento se había tornado en una tormenta de hielo y truenos que hacía temblar hasta los cimientos de la casa. 

Sonó la undécima campanada y los muros de la sala se troncharon como arcilla húmeda. Cayeron trozos de pared desmenuzada como si de migas de pan se tratase y las columnas reventaron sobre sí mismas haciendo que el artesonado que decoraba el techo se derrumbase sobre nuestras cabezas. 

Sonó entonces la última campana, la duodécima, y cesó la tormenta. Ya no había rayos, ni truenos ni lluvia, ni marquesas ni juegos de cartas. Sólo la oscuridad más absoluta.

miércoles, 24 de junio de 2015

El Lobo (Segunda Parte)

En el Lobo se reúnen gentes muy variopintas. Están sin duda los géneros habituales de los antros lúgubres de cualquier parte del mundo, pero hay también personas más peculiares, personas de esa característica personalísima que no encajan en ninguna categoría concreta y que constituyen, en sí mismos, el paroxismo de la anomalía. 

Una de esas personas es el señor Wu. El señor Wu es español, aunque de origen chino. Su piel es amarilla, su pelo negro y sus ojos rasgados. Lo que podría llamarse un chino de pura cepa. Es habitual de aquel tugurio porque tiene por costumbre y virtud leer la buena ventura de los comensales que allí se reúnen. Los camareros lo saben y siempre le reservan la misma mesa oscura y en penumbra al final del local. Al principio sorprendió un poco que “el chino”, como era conocido en el bar, echara las cartas y, encima, en un lugar con tan poca intimidad, llegó a ser hasta molesto para el encargado ya que constituía una atracción demasiado llamativa para un lugar que se caracteriza por no existir. Sin embargo pronto empezó a atraer personas de todos los géneros y dichas personas tenían, en la mayoría de los casos, un particular amor por la bebida. Esto hizo que los camareros empezaran a ver al señor Wu con mejores ojos, especialmente cuando se formaban colas las tardes de lunes a jueves en la barra del bar para que “el chino” les comunicara su buena fortuna mientras aquellos pobres desgraciados esperaban su vez ahogando el aburrimiento con vinos, whiskys y licores de muchos tipos. 

Wu es de las personalidades más llamativas del Lobo, pero no la única. La señora Remigia es una ricachona arruinada que debe rondar los sesenta y largos. Es ancha y regordeta, con la piel muy pálida y el pelo teñido de rojo. Desde luego no pasa inadvertida. Por si su propio físico no fuera suficiente, tiene por costumbre decorarlo con telas de gasa y terciopelo baratas y algunas joyas que adornan sus orejas, cuello, muñecas y dedos. Algunos la llaman, en tono bromista naturalmente, “la señora disfrazada de joyería”. En realidad nada de lo que lleva es bueno, lo más noble que toca su piel es cristal coloreado pues los tiempos en los que Remigia era la reina allá adonde fuera quedaron ya muy atrás. 

Vivió por todo lo alto cuando era más joven. Desgraciadamente para ella se arruinó por completo cuando a su marido le condenaron por evasión de impuestos y tuvo que empeñar todas sus joyas y sus vestidos buenos. Después tuvo que mudarse a una casa más humilde, cerca de Lavapiés. Para doña Remigia dejar su añorado Barrio de Salamanca donde había vivido toda su vida fue un golpe durísimo del que le costó recuperarse. Sin embargo con el divorcio que sobrevino a la caída de su estatus geográfico consiguió desplumar el poquísimo dinero que el bribón de su marido había escondido en varias cuentas en el extranjero y, gracias a ello, y a la ginebra todo sea dicho, consiguió recuperar el ánimo y, desde entonces, es una asidua a las noches del Lobo. 

Son muchos los personajes y personajillos de la muy nutrida y amplísima sociedad los que deambulan noche sí noche también por la barra de aquel local como para poder citarlos a todos sin dejarse a ninguno que merezca la pena. El señor Wu y doña Remigia son dos de los más carismáticos. Mas no sería justo ni acertado terminar este relato sin mencionar a la triste Ana. 

La triste Ana es una borracha de manual. Podría deshacerme en eufemismos para disfrazar la realidad pero sería inútil e irreal. La triste Ana, como la llaman en el bar, es peluquera. Trabaja de cuando en cuando cortando el pelo a caballeros y peinando cardados a señoronas de barrio. Ha pasado por multitud de jefes pero ninguno la aguanta mucho tiempo pues tiene la costumbre de beber desde por la mañana y eso es algo que, seamos sinceros, no da muy buena imagen… 

Por eso la despiden de todos los puestos que consigue. Vive de su familia, que ya no sabe qué hacer con ella pues, a sus cuarenta y cinco años, ni tiene novio, ni carrera, ni oficio ni beneficio y todo el que consigue amasar se lo gasta en cañas por las tardes. 

No se puede decir que la triste Ana esté en el Lobo todos los días. Es normal, pues le pilla un poco a desmano desde su barrio, sin embargo, si la noche promete ser larga, entonces se embute sus botas de cuero negro y algún top hortera de los que tiene arrugados en el fondo de armario que no hace más que acotar la pobre libertad de unas carnes que ya no están para muchas alegrías y, armada de ropajes indignos los pies a la cabeza, se lanza a la conquista de la madrugada junto a Wu y doña Remigia entre cañas, cartas, joyas y perfumes baratos que dan a la atmósfera del Lobo el aire de un templo pagano en pleno ritual dionisiaco. 

No os molestéis en buscar este lugar en las guías de mano ni en vuestros ordenadores porque no lo encontraréis. Existir existe, os lo aseguro porque yo he estado en él. Conocéis la calle y el nombre, así que preguntad a las gentes de mala facha que se mueven por el centro de la capital. Ellos sabrán guiaros.

lunes, 18 de mayo de 2015

El Lobo (Primera Parte)

Hay una taberna en Madrid donde se reúnen las gentes que prefieren no ser encontradas. Es un antro que bien podría ser el ejemplo arquetípico de las germanías de la capital, pues en él se dan todas las características que le son propias a dicho género. Se ubica en un callejón sin nombre que sale de la Calle del Lobo y, por ser la única tasca de la corredera, responde al mismo nombre. 

La entrada es tan pequeña que sólo puede traspasarla un cuerpo al mismo tiempo, o se sale o se entra, igual que en un banco, pero sin detectores de metal. La puerta es una diminuta apertura en la fachada negra de cemento al final del pasadizo. Está rematada por una viga de hierro oxidado que hace las veces de dintel y del que cuelgan algunas plantas, algunas vivas y otras muertas, que han ido creciendo por los resquicios y agujeros que los años han horadado en el muro.

Nada más cruzar la puerta hay un escalón que casi no se ve pero en el sólo unos pocos tropiezan puesto que, la mayoría de los que lo atraviesan, ya lo han hecho antes. Después del escalón hay un pasillo muy estrecho y muy oscuro con el suelo hundido y cubierto de azulejos de ladrillo desgastado y algo pegajoso. Los pies a veces se encariñan demasiado del adoquinado y cada vez que lo pisan  cruje la suela de los zapatos con un sonido desagradable y largo, y viscoso y seco a la vez.

Al final de la galería se abre a mano derecha la verdadera entrada de la cueva y entonces un arco iris de tonos rojos, dorados y negros dan la bienvenida al visitante. Como se encuentra en los bajos de algún edificio la ventilación es horrible y la atmósfera está siembre enrarecida y densa. Las telas que cuelgan de todas partes tampoco ayudan a respirar con facilidad. Hay cortinas azabache colgadas de la pared que decoran tragaluces inexistentes y trampantojos dibujados en la superficie del muro que emulan columnas y formas arquitectónicas clásicas y grisallas que dan al lugar un aspecto aún más dantesco si cabe. 

Las mesitas donde se sirven los licores son de maderas viejas. Casi ninguna está a la vista porque unos manteles rojos con flecos negros las cubren y sólo dejan ver las patas desvencijadas que sujetan, de manera más o menos firme, la superficie que sirve de teatro a los vinos y cócteles que allí se toman. 

Las sillas son igualmente rancias. Una pátina de negro y ocre recubre cada trozo de los respaldos y oculta cualquier posible vestigio de la veta que antaño pudieran haber tenido. En el caso de los asientos es distinto, pues el roce de las posaderas ha desgastado cualquier barniz que tiempo atrás cubriera las tablas y ahora se muestran desnudas y rubicundas sin más decoro que el de la propia madera virgen. 

Justo al final del gran salón, en el lado izquierdo de la estancia, se encuentra la barra y, tras ella, una estantería de madera de roble labrada con motivos vegetales repleta de botellas de anises y venenos de todo tipo. Los frascos que allí se alinean como un ejército de soldados de cristal multicolores no son las que lucen en cualquier taberna. Hay, sin duda, algunas que podemos encontrar en cualquier club de la capital, sobre todo en los más caros. Sin embargo los más interesantes son aquellos que no tienen etiqueta. Los camareros conocen los contenidos de aquellas ampollas y el cliente debe confiar en el buen ojo del servicio si quiere probar aquellas pócimas de mil demonios pues, hay que aclarar, que no se tratan de alcoholes de menor rango sino, más bien, mucho mejores que aquellos que se pueden conseguir en cualquier mercado de manera legal. 

lunes, 13 de abril de 2015

La chica de los zapatos en la mano

Lucía es una de esas chicas que no pasa inadvertida. Ni es alta, ni es rubia y, ni siquiera, está tremenda. Debe rondar el metro sesenta. Su pelo es negro y un poco azulado, con reflejos, que lo llaman ahora. Lo lleva corto, como una media melena justita y un flequillo recto que le cubre la mayor parte de la frente. Tiene una nariz pequeña y respingona que, junto con sus ojos siempre avispados, le da un toque de niña traviesa. Ella lo sabe, y le encanta jugar con eso. Suele vestir de colores alegres, incluso en invierno. A veces algún vestido estampado o de lunares, pero casi siempre lisos. El rojo es su color favorito, aunque en su armario no faltan los amarillos, los verdes, los naranjas y algún azul cielo, aunque es de los que menos se pone.

A sus veinte años parece que tuviera muchos menos por lo despreocupado de su atención a las cosas. Pero también pudiera parecer que tiene muchos más por lo bien amueblada que tiene la cabeza. Hacer lo que se dice hacer hace de todo y de nada a la vez. Estudia Bellas Artes en la Universidad Estatal, pero no sabe dibujar, pintar pinta algo mejor. En sus ratos libres también practica danza y canto, y los fines de semana sale con amigos por el centro. Prefiere el ron con Coca Cola, aunque los chupitos de tequila tampoco le saben mal.


Lucía es de esas chicas que nunca viste de rosa. Tiene amigas y amigos, aunque es con los hombres con los que se encuentra más a gusto. Siempre ha sabido hacerse respetar y no le tiembla la mano a la hora de dar alguna que otra bofetada a los que intentan pasarse de la raya. Al final, sus amigos, la tratan como a un colega más. Por eso no entra dentro del espectro de las "tías"; ella, a pesar de ser una chica, es Lucía. Ha tenido un par de novietes, rollos más bien, porque se cansa pronto de ellos. Hubo uno que le duró más tiempo, pero eso fue con catorce años y sólo se daban un beso en los labios cuando salían del colegio.


Lucía cree que está destinada a hacer algo grande, como Picasso. Dice que cuando termine Bellas Artes quiere ser una especie de Tracey Emin a la española. El carácter lo tiene, el genio no tanto, pero con lo que tiene puede que llegue a hacer cosas grandes. Uno de sus sueños es irse a Nueva York, a trabajar un poco si puede, pero, sobre todo, a conocer el mundillo del artisteo de la Gran Manzana.


Entre sus artistas favoritos están Warhol, Jeff Koons, Hirst y, por su puesto, Emin. De todos ellos la loca de Tracey es sin duda su preferida. Hay muchas cosas que le gustan de ella pero, por encima de todo, le gusta porque es mujer. Para Lucía es un arquetipo, un modelo a imitar, una especie de espejo en el que verse reflejado y eso le encanta. No es que sea especialmente feminista en su manera de ver el mundo, que lo es, pero dice que si el mundo lo gobernasen las mujeres no habría tantas guerras. Dice que lo peor que podría pasar es que hubiera grupitos de chicas cuchicheando y criticándose unas a otras en las reuniones de la ONU pero que, después, cuando se encontrasen por el pasillo se sonreirían como si nada y comentarían entre ellas lo horribles que eran sus zapatos, nada más. Sin guerras, ni peleas de gallos y campeonatos de "a ver quién tiene más testosterona".


Todo esto lo cuenta en tono de broma por supuesto, como todo lo que hace y dice. Y es que se puede decir que Lucía nunca se enfada. Cuando se cruza con alguien que no le agrada sencillamente le ignora y sigue con los pájaros de su cabeza y sus mundos de pintores internacionales y vestidos de colores. Quizás por eso está siempre de buen humor. Si por lo que fuera la persona en cuestión se pone pesada no es muy de pensarse las cosas dos veces. Lucía sabe lo que quiere y no está dispuesta a aguantar tonterías.


En una ocasión había salido de fiesta con unas amigas y estaba bailando en una discoteca. De repente, justo cuando sonaba una canción que a ella le encanta, notó como una forma gruesa y seca se escurría por detrás de su espalda. Fueron sólo unas milésimas de segundo pero fueron tantas las cosas que se pasaron por su cabeza en aquel momento que el análisis de todo ello daría para escribir hojas y hojas sobre el tema. Al momento un escalofrío helado le subió por la espina y atravesó su espalda hasta llegar detrás de las orejas. Entonces abrió mucho los ojos y reconoció, perfectamente, que la forma gruesa que estaba invadiendo su "espacio vital", a ella le encanta usar esta expresión, era una mano que se dirigía, más o menos disimulada, hacia donde la espalda pierde su nombre.


La bofetada que le propinó en toda la mejilla al chaval que la había tocado coincidió con el final de la canción y se oyó perfectamente en toda la discoteca a pesar de la cantidad de gente que había allí reunida. El "aprendiz de violador", como lo bautizaron más tarde sus amigas entre risas y alguna que otra caída producida por los favores del ron, dio un paso hacia detrás para apartarse de la escena con tan mala suerte de tropezar con uno de sus propios amigos. Esto hizo que cayera en una pirueta que constituyó el paroxismo del ridículo más absoluto justo antes de apoyar, triste de él, la mano sobre los cristales de un vaso roto que había en el suelo.


El despojo de chaval se levantó compungido, con la mano sangrando y el pantalón manchado de arriba a abajo. Todo parecía haber terminado justo cuando Lucía le dijo: -Eso te pasa por meter la mano donde no debes-. Sin embargo, cuando todos los presentes estaban ya dispuestos a seguir con sus vidas e ignorarse mutuamente durante el resto de la velada, el chico de la mano larga empezó a llorar y, acto seguido, salió del local como alma que lleva el Diablo apartando a codazos a toda la chiquillería que allí se amontonaba. Naturalmente todo el séquito de carabinas que lo acompañaba hizo lo mismo y no volvieron a aparecer por allí en lo que restó de noche.


Lucía no se enfadó. Siguió bailando como si no hubiera pasado nada. De hecho fueron las amigas las que mostraban más atención a lo que acaba de suceder delante de sus ojos. Cuando vieron que Lucía no le dedicaba mayor importancia continuaron con la fiesta. Aquella noche fue memorable. Volvieron a casa con las primeras luces del amanecer...


Era tan tarde que ya era temprano. A Lucía se le había corrido el rímel y llevaba los zapatos en la mano, agarrados por los tacones como si de un ramo de flores se tratase. Toda ella era un ridículo precioso después de aquella noche. Estaba tremendamente guapa. Era el caos encarnado en una persona. Era la inocencia de la juventud, la alegría de la despreocupación, la naturalidad del alma indómita. Con su cuerpo pequeño y recogido, aún así, Lucía lo ocupaba todo.


Siempre es así, Lucía lo ocupa todo porque su personalidad es fuerte y dulce al mismo tiempo. Es el equilibrio perfecto de tozudez y ternura. Lucía es esa chica de los zapatos en la mano que, pase lo que pase, consigue que nunca se pierda la fe en el mañana.

viernes, 10 de abril de 2015

Trueking

Algunos decían que toda la culpa fue del Gobierno. Otros que la causa principal fue la moda ecológica y el principio del agotamiento de los recursos naturales. La verdad es que ambas tuvieron mucho que ver pero no sería del todo justo decir que fueron las únicas. De hecho había incluso personas que se apuntaron a esta nueva moda por el simple hecho de que les gustaban las cosas viejas.

Para mí era mi primera vez y, como no puede ser de otro modo, sentía esa excitación especial que todo el mundo siente siempre que se hace algo nuevo por primera vez en la vida. Que mi amigo Erik me acompañara ayudó bastante a decidirme. Él ya lo había hecho muchas veces y me había enseñado todo lo que había conseguido después de aquellas mañanas de ir y venir aquí y allá ajetreado con la mochila color verde pistacho a cuestas. Una noche tomando unas cervezas con unos amigos me convenció para acompañarle el próximo día y yo le dije que sí.


Era domingo por la mañana y Erik y yo habíamos madrugado para que nos diera tiempo a aprovechar bien la mañana. Habíamos quedado en la parada del metro cerca de su casa.


-¿Has traído todo lo necesario? -Me preguntó-.

-Sí.
-¿Y tu mochila?
-Sólo tenía esta negra... -Dije enseñándole mi mochila de Eastpak desollada por los bajos y con las correas hechas jirones-.
-Bueno, no es lo más ortodoxo pero tampoco pasa nada.

Tardamos una media hora en llegar hasta el Trueking Place. Cuando salimos de la estación el color verde en las mochilas parecía haberse convertido en la regla por antonomasia. Allí se reunía gente de todo tipo, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, gente arreglada y personas que iban casi descalzas. Todos llevaban una mochila a la espalda o rodando por el suelo y casi todas eran de ese horrible color pistacho que desde hacía unos años servía para identificar a los truekers.


Tuve que hacer un verdadero esfuerzo por no perder a Erik entre el gentío pero rápidamente me adapté a su forma de hacer las cosas. Me dijo:


-Tú no te separes de mí durante un rato hasta que veas cómo funciona esto, aunque no tiene mucho misterio. Mírame como lo hago y luego me copias ¿vale?


Entonces se acercó a una chica que llevaba el pelo recogido en forma de moño y sujeto con unas varillas rojas decoradas con unos dragones chinos muy mal pintados y se pusieron a hablar con total naturalidad.


-¿Buscas algo en concreto?

-Cambio libros y además tengo este móvil, esta lamparita de mesa y este reloj.
-¿A ver qué libros son? -Entonces la chica sacó varios tomos de su mochila y se los mostró a Erik-.
-¿Te gusta El fantasma de Canterville? Te lo cambio por esta edición del Tao Te King.
-Mmmm... Pues es que ya lo tengo... Déjame ver qué más tienes.
-¿De libros dices?
-Sí, sí...

La chica echó un ojo a los libros que mi amigo llevaba en su mochila y al final no le convenció ninguno. Se sonrieron y se despidieron con un alegre "feliz trueking". Después Erik siguió caminando entre la gente con el ojo avizor en aquellos objetos que sí que estaban a la vista. Yo le seguía, física y mentalmente, y analizaba todos sus movimientos y su manera de hablar con las personas que allí se movían a tropel pero con un sorprendente orden y elegancia entre todo aquel caos humano.


Finalmente Erik consiguió cambiar su Oscar Wilde por un libro de posturas de yoga de un autor americano no muy conocido. Cuando se acercó a mí me dijo:


-Bah... No es muy bueno pero hoy no parece que haya mucho para elegir. Tampoco tiene mucha importancia porque lo bueno de esto es que, cuando haya leído el libro, lo volveré a traer aquí para cambiarlo por otro...


Yo había traído varios objetos conmigo como me había dicho mi amigo. En mi mochila negra se revolvían varias revistas viejas de Historia y vida, un abrecartas de bronce con el mango en forma de águila, un imán para la nevera con una foto de Roma y unas gafas de sol con la montura en imitación a carey que estaban desgastadas en las partes de las patillas.


Me acerqué a una señora mayor que parecía estar buscando a alguien en concreto pero que finalmente resultó que, al ser menuda de estatura, no conseguía ver más allá de la primera línea de cabezas que se erguían como un bosque impenetrable frente a ella. Se llamaba Roberta, tenía 64 años y vivía sola en su piso de Malasaña con sus tres gatos, Zeus, Vulcano y Copito de Nieve. No quise preguntar de dónde sacó la genial idea de ponerles esos nombres a los pobres animales no fuera a ser que, dándole la oportunidad, me contara la otra mitad de su vida que no me había relatado aún.


Roberta resultó ser una señora parlanchina pero muy agradable. Se sorprendió mucho de que alguien tan joven llevara al Trueking Place unos ejemplares viejos de Historia y vida que hacía tantos años que no había vuelto a ver y le encantaron. No tuve más remedio que cambiárselos por una pareja de perros fu de porcelana descascarillada que, según me contó, no eran buenos pero tampoco malos del todo.


Erik y yo anduvimos un rato más por entre la gente hasta que a eso de media mañana nos empezó a entrar hambre y decidimos ir a comer al primer bar que encontramos fuera de la plaza. Allí aprovechamos para hacer recuento de todos los tesoros intercambiados: El libro de yoga de Erik, mis perros fu, un DVD con libreto de El Fantasma de la Ópera, otra lámpara de mesa distinta de la que mi amigo había traído, unas gafas de ver que yo cambié por las mías de sol, un portaminas y una pulsera de conchas de mar constituían todos los recuerdos de aquella mañana de trueking en pleno centro de Madrid.

martes, 24 de febrero de 2015

Carta de un ángel a su sobrino

Mi querido sobrino,

No puedo evitar sorprenderme de que a estas alturas de tu labor me preguntes por la cuestión del Amor tal y como hiciste en tu última carta. Pensaba que a los ángeles jóvenes como tú os habrían instruido ampliamente en la escuela al respecto de estos temas tan fundamentales de conocer a la hora de guiar las almas humanas pues, sin duda, el Amor es uno de los asuntos en el que los humanos invierten gran parte de su tiempo durante su vida en la Tierra. A modo de consejo personal, te recomiendo que cualquier duda que te pueda surgir en tu labor no la calles, pues tu ignorancia al respecto no debe ser motivo de vergüenza. Muy al contrario, preguntar al respecto y asumir tu desconocimiento sobre este o cualquier otro asunto demuestra humildad por un lado y deseos de aprender por otro, y ambas son cosas buenas. Por mi parte, como tío tuyo que soy, haré todo lo posible para que tu ignorancia se reduzca lo más posible y poder enseñarte todo lo que sé, que, si bien será más de lo que tú sabes, siempre será menos de todo lo que cabe conocer; cuenta conmigo para todo aquello que necesites, yo estaré encantado de poder ayudarte. 

El tema del Amor es un tema complejo. Para los ángeles como tú y como yo es sin duda la mayor y más elevada experiencia que nuestro Padre Celestial nos ha concedido. En otras palabras, el Amor es lo más grande que existe. Definir el Amor es sin duda una tarea mucho más compleja que experimentarlo, decir que se limita a desear el bien del ser amado sería incompleto en el mejor de los casos pues, como ya sabrás, cuando se ama no sólo se desea el bien del otro sino que, más bien, no se distingue entre el otro y el yo, todo pasa a ser uno y desear el bien del otro es lo mismo que gozar con su bien más que con el propio. 

Hemos invertido algún esfuerzo en estudiar la cuestión a fondo cuando se trata de iluminar el camino humano. Nuestras acciones han conseguido grandes avances en este terreno, aunque todavía queda mucho por hacer. Debes comprender que los humanos experimentan el Amor en una dimensión mucho más limitada que en la que nosotros podemos hacerlo gracias a nuestra naturaleza puramente espiritual. Poder contemplar a Nuestro Padre que está en los Cielos es la experiencia más amorosa que ningún ser puede sentir, nosotros, como espíritus puros que somos lo sabemos pero, a los hombres, esa experiencia les es negada durante la primera fase de su existencia y, por ello, su comprensión del Amor nunca puede ser completa hasta que alcanzan a ver el Rostro de Dios.

En los últimos años hemos conseguido influir muy positivamente en las consciencias humanas y en su imaginario colectivo para facilitarles la tarea de comprender el Amor y así elevarlo a las cotas más sagradas del pensamiento humano. A pesar de la labor llevada a cabo por el Enemigo, hemos conseguido que la idea del utilitarismo no cale en las mentes humanas más allá de un mero pragmatismo inicial que, finalmente, siempre se les revela como erróneo, ya que, una comprensión completa del Amor, les haría ver que amar por el hecho de que es útil sería una completa equivocación. Eso sería una mera simbiosis entre seres similares, pero el Amor es mucho más que eso. 

Naturalmente el Amor es un asunto complejo y, como comprenderás, querido sobrino, en una carta como esta no hay espacio suficiente para tratar el tema con la profundidad que se debiera para abarcarlo en su totalidad. Por ello me centraré en las líneas más generales y que creo te serán de mayor utilidad en tu tarea de guiar el alma humana durante su estancia en la Tierra. Si consigues influir a tu protegido para que el Amor se convierta en un elemento superior en su vida habrás conseguido un gran avance en la tarea que te ha sido encomendada, así que no menosprecies esa esfera de su vida.

Hay que comprender que los ángeles partimos con ventaja en este tema pues, como sabrás, la racionalidad que impregna todo nuestro ser permite comprender a la perfección un elemento tan real como es el Amor. Todo nuestro conocimiento al respecto se basa en las dos formas más comunes del conocimiento, la propia experiencia y la comprensión racional. La propia experiencia demuestra que el Amor es la experiencia espiritual más elevada que cualquier ser puede experimentar. Fíjate bien en que digo experimentar y no sentir, pues, a diferencia de lo que algunos puedan pensar, el Amor no es un mero sentimiento, tiene su origen en una unión espiritual plena con el ser amado y, aunque tiene un elemento sensual en los humanos, el sesgo espiritual es infinitamente más poderoso que el sentimiento físico que lo acompaña. Por otro lado, mediante el uso de la razón se puede llegar a la comprensión lógica del Amor. Para ello es necesario entender la naturaleza del Amor en su dimensión más radical que consiste en la supresión total de las barreras que definen el yo.

Afirmar “yo te amo” es lo mismo que decir que, en cierto sentido, no encuentro diferencias entre tú y yo, y no me refiero a que tengamos cosas en común, eso sería establecer similitudes entre entes distintos. Decir “te amo” es decir que, básicamente, tú y yo somos la misma cosa, a pesar de tener existencias diferenciadas. Sin duda el Amor es la creación más grande que nuestro Padre Celestial ha concebido jamás, pues permite la unidad y la multiplicidad de los seres al mismo tiempo y, con ello, la unidad de toda la creación en un acto de absoluto y eterno Amor. 

El Enemigo no puede entender el Amor. Lo más que consigue es entender que en un momento dado un individuo sienta gratitud hacia otro que le ha hecho un favor, pero eso no es Amor como erróneamente piensan. Eso, en el mejor de los casos, es simbiosis o intercambio de favores. El Amor es un acto desinteresado, no espera recibir nada a cambio del bien causado porque el bien causado es trabajo y recompensa al mismo tiempo. Sin duda el Enemigo, habiéndose alejado tanto de nuestro Padre Celestial, ha entrado en una espiral de ignorancia que le impide ver la naturaleza del Amor tal y como realmente es. 

De todos los amores que el ser humano experimenta en su vida terrenal es, sin duda, el amor de pareja uno de los más intensos, sólo superado por el Amor a los hijos, que es el más elevado que un humano en la Tierra puede gozar. No deberías descuidar ninguno de los dos puesto que, a través de uno y otro, el humano puede alcanzar la salvación de su alma.

Algunos poetas humanos han acuñado la idea romántica de que el Amor vencerá la muerte, sin duda inspirados en el episodio de la Encarnación, esa fue nuestra mayor victoria sobre el Enemigo porque, efectivamente el Mesías venció la muerte y regresó de los Infiernos demostrando que el Amor es capaz de sobrevivir a la más absoluta destrucción y con su sacrificio, a pesar de que el Enemigo lo ignore, ya están salvadas todas las almas de la Humanidad. 

Esta idea es sumamente poderosa porque efectivamente, el hecho de que el Amor sea capaz de salvar a los humanos de la muerte es el regalo más grande que Nuestro Padre Celestial ha concedido al género humano. No de la muerte física, naturalmente, pero sí de la muerte espiritual. El enamoramiento tiene la maravillosa cualidad de volver buenos a los seres humanos. Sin duda es algo que no dura para siempre, tienes que entender que de todos los amores que puede sentir el hombre, el de la pareja, a pesar de su intensidad, es también de los más efímeros. En realidad esto no cambia el bien que hace porque deja huella en el corazón del hombre para siempre y con ello su labor está lograda. Si un humano muere estando enamorado será casi imposible que podamos perderlo. Por el contrario, si no conoce el Amor, especialmente en sus formas más intensas, aquellas en las que se estaría realmente dispuesto a dar la propia vida para salvar la del ser amado, será mucho más difícil que entre directamente en los Cielos sin tener que pasar antes por el Purgatorio. 

Es por esto por lo que dicen que el Amor salva de la muerte. En los últimos años los humanos se han vuelto especialmente egoístas y esto sí que es un error que debemos subsanar con nuestra sabia y recta guía. Nosotros, al igual que el Enemigo, no podemos obligar a los humanos a actuar de un determinado modo, su libre albedrío se impone por encima de nuestros actos. Lo único que podemos es influir en su corazón introduciendo en su mente las ideas y los pensamientos necesarios para que configuren su realidad de acuerdo a lo que les es más adecuado para su propia salvación. De esta forma, la salvación de su alma no es algo impuesto desde fuera sino que es un logro de ellos mismos, consiguiendo con ello completar su propio ser y actuando en colaboración con Nuestro Padre Celestial en la creación de su propio ser como hombre. En verdad nuestro amado Padre es tan grande y tan generoso que ha querido que los humanos sean partícipes del maravilloso acto que es la creación y ha encontrado la manera para que, aunque ellos no lo sepan, sean sus propios creadores al ser actores principales en la salvación de su alma sin que por ello Él pierda un mínimo de su acción amorosa que les da la vida. 

Es por ello, sobrino, que en tu tarea de guía de las  almas deberás siempre conseguir que el paciente se acerque lo más posible a una vida llena de Amor en cualquiera de sus formas. Hay muchas formas de amar, aquí sólo he mencionado el Amor a los hijos y el Amor a la pareja pero, como sabes, hay infinitud de maneras de amar, casi tantas como seres hay en el Universo. En estas líneas no me da tiempo ni espacio suficiente para detallarte detenidamente todas ellas pero, al margen de las formas de Amor que pueda encontrar tu protegido en su vida terrenal, deberás tener siempre presente una cosa: No existe ninguna cosa mala en el Amor, toda acción inspirada por el Amor será siempre buena. Puede que haya consecuencias inesperadas, pero esas se deberán, sin duda, a la ignorancia de otros elementos partícipes en la ecuación. Sin embargo, pase lo que pase, el Amor salvará a la Humanidad. Por ello fomenta el Amor en todas sus formas en la vida de tu humano, si hay Amor los otros bienes vendrán por sí solos. 

Me despido de ti con la esperanza de que mis palabras te sean de utilidad, tanto en tu tarea de protector de almas como en la tarea de crecer en sabiduría. Sabes que los ángeles amamos de forma grandísima y, en mi caso, siendo yo tu tío, mi Amor por ti es todavía mayor si cabe. Recibe todo mi Amor en esta carta y que mis palabras te inspiren para llenar el corazón de tu protegido con este mismo Amor que ahora te transmito. 

Atentamente, tu querido tío.

lunes, 23 de febrero de 2015

Carta de un demonio a su sobrino

Mi querido sobrino,

Resulta sorprendente que a estas alturas de tu labor me preguntes por la cuestión del Amor tal y como hiciste en tu última carta. Pensaba que a los demonios jóvenes como tú os habrían instruido ampliamente en la escuela al respecto de estos temas tan fundamentales de conocer a la hora de recolectar almas humanas pues, sin duda, el Amor es uno de los asuntos en el que los humanos pierden gran parte de su tiempo durante su vida en la Tierra. A modo de consejo personal, y confío en tu discreción, te recomiendo que el Alto Mando no se entere de tu ignorancia al respecto ya que, como no podría ser de otra manera, pensarán que eres un completo inepto y un incompetente y podrías sufrir justas represalias. Por mi parte, como tío tuyo que soy, mantendré la boca cerrada y haré todo lo posible para que tu ignorancia se reduzca lo más posible; ya encontraré la forma en la que puedas compensarme, pues no creas que mi silencio te va a salir gratuito.


El tema del Amor es un tema complejo. Para los demonios como tú y como yo es una completa inventiva del Enemigo. En otras palabras, el Amor no existe, es un eufemismo creado por el Cielo para denominar una forma de simbiosis entre diferentes entes conscientes. Hemos invertido mucho esfuerzo en estudiar el problema a fondo. Nuestras acciones han conseguido grandes avances en este terreno en los últimos años influyendo en las consciencias humanas y en su imaginario colectivo para desterrar el Amor de las cotas sagradas a las que los humanos de siglos anteriores lo habían elevado. Hemos conseguido que la idea del utilitarismo cale en las mentes humanas y, de esta forma, el Amor ha dejado de ser una unión sagrada para convertirse en un elemento mucho más práctico.


Naturalmente el Amor es un asunto complejo y, como comprenderás, querido sobrino, en una carta como esta no hay espacio suficiente para tratar el tema con la profundidad que se debiera para abarcarlo en su totalidad así que me centraré en las líneas más generales y que creo te serán de mayor utilidad en tu tarea de recolector de almas. Si consigues influir a tu paciente para que el Amor se convierta en un elemento menor de su vida habrás conseguido un gran avance en la tarea que te ha sido encomendada, así que no menosprecies esa esfera de su vida.


Hay que comprender que los demonios partimos con desventaja en este tema pues, como sabrás, la racionalidad que impregna todo nuestro ser no permite comprender un elemento tan irreal como es el Amor. Todo nuestro conocimiento real al respecto ha conseguido asimilar la idea de simbiosis como lo más parecido que podemos entender del Amor. De esta manera comprendemos que los humanos, o cualquier otro ser creado por el Enemigo pueda establecer vínculos afectivos con otros seres en tanto en cuanto no son seres autosuficientes y, con ello, obtienen ventajas a la hora de conseguir sus objetivos colaborando entre ellos en lugar de compitiendo. Sin embargo, más allá de esto, todo lo referido al Amor se nos escapa, al menos en los términos en los que el Enemigo expone su teoría.


La versión más extendida a día de hoy respecto a esta problemática es que el Amor es un invento del Enemigo para conseguir controlar las acciones de los humanos sin interferir directamente en su actividad y respetando, de esta forma, el libre albedrío que tanto mima y del que tan orgulloso está de haber creado. Nuestra teoría, al menos por el momento a falta de una mejor, es que el Amor es sencillamente una mentira con la que el Cielo pretende controlar a los seres humanos haciéndolos creer que sienten sensaciones mucho más intensas de las que realmente padecen, que son las naturales a las relaciones de simbiosis. Podemos entender que en un momento dado un individuo sienta gratitud hacia otro que le ha hecho un favor, pero eso no es Amor como erróneamente piensan. El primer individuo habrá ejecutado el favor al segundo porque estaría en condiciones de ventaja sobre el segundo y así este quedará en deuda con el primero. El primero comprende que el segundo le devolverá el favor en un futuro en el que las situaciones de ventaja estén invertidas y, con ello, se restablecerá el orden natural de las cosas. Esto, llevado al extremo, conlleva las denominadas relaciones amorosas que tanto les gustan a los humanos y que no son, ni más ni menos, que convivencia mutua interesada cimentada en una cadena de favores mutuos y continuos que se intercambian los miembros del romance y que, esto sí que es real, facilita su existencia al tener mayor capacidad de acción a la hora de conseguir sus objetivos.


Toda la parafernalia que rodea a este intercambio de favores y estados de ventaja y desventaja mutuas es sólo pura superchería, una gran mentira, un decorado efímero que consigue nublar las mentes de sus ejecutores y que les permite no ser del todo racionales y soportar tensiones en el contrato de favores mutuo que se intercambian aún cuando alguna de las partes no es del todo cumplidora con dicho contrato. Sin embargo, y aquí es donde tienes que tener cuidado con el paciente, al margen de que toda esta falacia del Amor sea una gran mentira, los humanos lo vivirán como si se tratase de una gran verdad. De hecho, no sólo eso, sino que muchos de ellos creerán que es la piedra angular de su existencia y lo que da sentido a sus vidas. Debes evitar que el paciente llegue a tal estado mental pues, de llegar a alcanzarlo, efectivamente el Amor le salvaría de la muerte. Como sabes nuestro objetivo es conseguir que las almas de los humanos se alejen lo más posible del camino del Enemigo y, por el contrario, llevarlas como tributo a Nuestro Padre Infernal que está en las profundidades.


Algunos poetas humanos han acuñado la idea romántica de que el Amor vencerá la muerte, sin duda inspirados en el episodio de la Encarnación, esa fue nuestra mayor derrota porque, efectivamente el Mesías del Enemigo venció la muerte y regresó de los Infiernos dando con la puerta en las narices a Nuestro Padre Infernal en el mayor acto de desprecio que han tenido los poderes del Cielo con Él desde la Caída que se produjo al principio de los tiempos. Esta idea es sumamente peligrosa porque, a pesar de todo lo mencionado anteriormente respecto al tema que nos ocupa, desgraciadamente para nuestros intereses, el Amor es capaz de salvar a los humanos de la muerte. No de la muerte física, naturalmente, pero sí de la muerte espiritual. ¿Acaso has visto a un sólo enamorado rendir pleitesía a Nuestro Padre de las Profundidades? El enamoramiento tiene la estúpida cualidad de volver buenos a los seres humanos. Sin duda es algo que no dura para siempre pero, si un humano muere estando enamorado será casi imposible que podamos conseguir su alma. Por el contrario terminará en las manos del Enemigo.


Es por esto por lo que dicen que el Amor salva de la muerte. Por suerte en los últimos años, igual que hemos conseguido introducir ideas utilitarias en el imaginario colectivo de los humanos que han conseguido profanar la idea del Amor y defenestrarla a la idea de simbiosis útil, también hemos conseguido que los humanos dejen de creer que el Amor les salvará de la muerte. Con ello se vuelven mucho más egoístas y perezosos a la hora de ayudar a sus semejantes y eso nos permite tener un mayor control sobre ellos y arrastrarlos a nuestro campo con mayor eficacia.


Es por ello, sobrino, que en tu tarea de recolector de almas deberás siempre conseguir que el paciente se aleje lo más posible del Amor en cualquiera de sus formas. Este es un punto sobre el que no hemos hablado, por el contrario todo mi discurso se ha centrado en el Amor que sienten los humanos por su pareja que, aunque es el más efímero también es el más intenso y, por ello, el que debe ser más vigilado desde la cercanía. Sin duda esta carta empieza a ser excesivamente larga y por ello no entraré en hacer una disertación sobre las diferentes formas que puede tomar el Amor en la vida humana, pero sí que te diré que son muchas y que todas ellas son peligrosas para nuestros objetivos infernales. Por ello aleja a tu paciente lo más que puedas de todas ellas, especialmente del Amor de la pareja.


Me despido de ti con la esperanza de que mis palabras te sean de utilidad, tanto en tu tarea de recolector de almas como en la tarea de no ser un asqueroso ignorante que me ponga en entredicho ante el Alto Mando. Sabes que los demonios no sentimos Amor así que espero que me seas útil y nuestra simbiosis pueda mantenerse en un estado óptimo por muchos años.


Atentamente, tu querido tío.

jueves, 5 de febrero de 2015

De lo imperfecto

Es la soledad del genio una idea recurrente en la literatura y en el arte. Enfrascado en estos pensamientos he comprendido un elemento fundamental a la hora de lastrar la ejecución del texto. Sin duda, y como es natural, todo artista busca en la realización de su arte una técnica y unos resultados tan depurados que no puedan tener corrección posible cuando la obra ha sido presentada al público. Esto es lo que, en términos generales, se denominada perfeccionismo. El perfeccionismo puede verse aplicado a cualquiera de las múltiples esferas que conforman la existencia humana y, en todas ellas, consiste en la misma búsqueda de unos resultados que no ofrezcan posibilidad alguna de réplica. 

El perfeccionismo aplicado al arte, y más concretamente a la literatura, tiene una ventaja y un inconveniente. La ventaja resulta más que evidente, pues de la búsqueda reflexiva de la perfección surgen obras maestras que ejecutan el lenguaje con tal belleza que alcanzan las cotas más elevadas del ser. Hacen acopio del trascendental más cuestionado por los filósofos que es la belleza, pero también el más romántico y por ello el más merecedor de ser creído, postulado e incluso amado. La desventaja del perfeccionismo viene después, cuando el desarrollo de la búsqueda exhausta de la perfección termina conllevando la inacción. 

Es la inacción el peor de los males que pueda acontecer al artista pues, una mala obra o un mal texto, a pesar de la mediocridad del mismo, permite al creador entrar en el proceso creativo y este, a su vez, puede permitir el éxito en la tarea creativa. Sin embargo, la inacción degüella de forma taxativa cualquier forma de creación al evitar incluso el hecho más sencillo de todos que es sentarse frente a la hoja vacía, frente al lienzo en blanco o la madera virgen.

Por ello no dejéis que el amor a la perfección os ciegue ni os corte las manos. Contempladla más bien seguros desde la distancia, sabiendo que está ahí y que, tal vez, pueda ser alcanzada, pero comprendiendo también que toda forma de existencia, y más cuando al arte se refiere, está impregnada al menos un poco de esa luz divina que es el trascendental de la belleza. 

Es por esto que el exceso de perfeccionismo, cuando éste se convierte en vicio en vez de virtud, degenera en una enfermedad para el artista que todo mal diferente es mejor, pues de todos los males que pueda padecer el artista el peor de todos es la inacción pues el artista es artista en tanto en cuanto ejecuta su arte pero si, por las causas que fueran, incluida el perfeccionismo, el artista deja de hacer su arte deja a la vez de ser artista pues lo que lo define como tal es su acción creativa, sin la cual, no es artista. 

Por ello cabe sentarse frente al blanco del papel y empezar a escribir. Habrá tiempo después de corregir lo que sea necesario. Incluso en el caso de que no se alcance la pureza absoluta del texto en lo que a su manera de ejecución y la forma de presentación escogida se refiere siempre será mejor eso que la hoja en blanco. Como decían los escolásticos de la nada nada sale, y es verdad que a veces la naturaleza pueda engendrar formas monstruosas que bien podrían ser eliminadas del mundo de la existencia sin que se perdiera con su ausencia casi nada en su destrucción, pero también es igualmente cierto que sin esos monstruos de la razón danzante no podría tener lugar la obra maestra en medio de tanta oscuridad. 

martes, 3 de febrero de 2015

La chica de la cintura de avispa

Corría la calle principal camino abajo y los muchachos se arremolinaban en la esquina de la calle 6 de diciembre esperando a que salieran del colegio las chicas con sus carpetas color burdeos y sus faldas grises. Siempre se reunían en esa esquina donde unos cambiaban de rumbo y se dispersaban, por direcciones distintas pero todas ellas abarrotadas hasta arriba. 

Cuando llegaba la chica de la cintura de avispa, así es como los zagales la bautizaron la primera vez que la vieron, se notaba el nerviosismo en el ambiente. En realidad era una rutina que se venía repitiendo desde septiembre todos los días de lunes a viernes pero que siempre, sin excepción alguna, constituía un ritual iniciático digno de ser presenciado. 

Entonces las amigas de la chica de la cintura de avispa se quedaban en un segundo plano, sólo unos pasos por detrás de esta, y esperaban a que Franky, el chico malo y líder de los chavales allí reunidos hiciera lo apropiado y caminara dos pasos por delante de sus amigos para saludar a la chica de la cintura de avispa. Hablaban de cualquier tontería, se preguntaban por el día y por la escuela y no decían nada interesante que mereciera la pena ser contado pero ellos se divertían de esa forma. 

Cuando los dos jefes habían terminado con los rituales de presentación entraban en escena sus acólitos que entablaban conversaciones igual de banales que las de sus líderes y que resultaban igual de superfluas e igual de ridículas, pero que eran del mismo modo interesantes de observar desde la lejanía. Así se comprobaban los gestos, el vocabulario de las manos, las palabras entrelazadas con las miradas, ese movimiento de cabeza y esa manera tan suya de torcer el cuello un poco a la derecha, que dejaba caer un mechón de pelo sobre la sien de la frente y que luego volvía a su lugar con un golpe automático, artístico y exuberante. 

La esquina de la calle 6 de diciembre se ponía hasta arriba. Los pobres viandantes que por allí pasaban tenían que sortear a aquellos inocentes que jugaban a ser felices ataviados con sus miradas, sus sonrisas y esos horribles uniformes de colegial que sólo les sentaban bien por la juventud que  aún cargaban en sus mochilas y que el funesto padre Tiempo todavía se había dignado a no morder. 

Esa celebración se repitió todos los días que hubo clase aquel curso, desde septiembre hasta junio. El año siguiente pasaron al nuevo sistema educativo y cambiaron de aulas muchos de los que allí se reunían. Franky y la chica de la cintura de avispa empezaron a salir y lo hicieron durante casi dos años. Fue la pareja que más duró de todas las que allí se forjaron. 

Dos años parece poco pero cuando no tienes ni diecisiete primaveras es la eternidad infinita arrodillada frente a la grandeza el mundo. Nunca más volvieron a quedar de la misma manera que lo hicieron todos aquellos chavales todos juntos. Muchos se volvieron a ver durante años, un par de ellos mantuvo amistad hasta el primer o segundo año de universidad. Después sus vidas tomaron caminos diferentes y no volvieron a verse nunca. Era lo que solía hacer la gente que llegaba a la esquina de la calle 6 de diciembre, tomar caminos diferentes y seguir su propio rumbo. 

jueves, 22 de enero de 2015

Memento Mori

Junto a las riberas del Tajuña se dibujaba a las afueras de un pequeño pueblo un camino custodiado a sus lindes por altos olmos. El camino partía casi desde la plaza misma donde se celebraban bailes y corridas de toros y bajaba por una pequeña calle que era la única que discurría recta entre aquellas casas que estaban rodeadas por caminos serpenteantes que enmarañaban la aldea de callejuelas imposibles. Llegaba hasta los campos de maíz que crecían a la ribera y, al llegar al río, se convertía en un soberbio puente de piedra que ponía fin a la pedanía. 

Los lugareños lo llamaban el Puente Romano, aunque de romano lo único que tenía era el nombre. Estaba hecho con grandes sillares de piedra asidos entre sí con argamasa amarilla y blanquecina que dotaba toda la construcción de un tono pálido que brillaba como una  luna en el cielo negro contra el verdor de los árboles y la hojarasca que crecía a su derredor. Seguía el camino dejando atrás tan portentosa creación humana y se adentraba por los terrenos dominados por la naturaleza. Las tierras eran fértiles y la mano del hombre había hecho de ellas campos de labranza donde se cultivan lechugas, más maíz y también patatas. 

Al llegar al final del sendero se levantaba una pequeña ermita dedicada a San Antonio adonde muchas vecinas del pueblo llegaban a rezar sus oraciones y a pedir favores para que, especialmente las más jóvenes, consiguieran la atención de ese mozo que todavía no se había dado cuenta de que aquella penitente era la mujer de su vida. Llegados a este punto el camino se bifurcaba. Un pequeño sendero se adentraba hacía el interior de la montaña que crecía grandiosa a espaldas de la ermita y el otro se retorcía en un giro de noventa grados que ondulaba en paralelo a lo largo del río que alimentaba aquellos campos y la ribera.

Había en esta parte de la vega algunas casas pequeñas desperdigadas como luciérnagas solitarias en la noche que moteaban el paisaje de formas humanas y que se mezclaban con la frondosidad de la naturaleza exuberante que crecía en aquella orilla. Era un camino muy transitado por las tardes. En él se reunían los vecinos del pueblo que iban a dar un paseo un poco más allá de la ermita y vagaban también por allí los labriegos de la zona que volvían a sus casas después de una jornada agotadora. 

Después de varios campos y un par de casas se escapaba caprichoso un pequeño sendero del tronco central del camino que se adentraba entre los maizales sin destacar sobre el paisaje y que, si no se conocía bien, era casi imposible de encontrar. Llegaba entre los olmos a un pequeño claro a orillas del río donde justo había un desnivel en el terreno que formaba una catarata que se deslizaba sobre unas terrazas inundadas por el agua que se escurría hasta conseguir salvar el terraplén. El lago que se formaba a su muerte había modelado una pequeña playa de piedras y lodo en donde iba a desembocar el sendero y quedaba todo protegido por el abrazo de las ramas de los álamos que allí crecían y que daban forma a un tejadillo de hojas y ramas que se peleaban por alcanzar los rayos del sol a la vez que creaban aquel pequeño refugio.

Aquel era el lugar más codiciado de la vega. Algunos chavales se reunían en él y jugaban trepando por las ramas de los árboles y triscando entre los matorrales que crecían a ras del suelo. Algunas veces se remojaban los pies en el río pero rara vez se bañaban porque, con la inclinación que creaba la cascada, el agua bajaba deprisa y removía el fango del fondo y se ponía marrón y oscura y parecía que estaba sucia y no invitaba al baño. 

Pasábamos allí todos los veranos y recuerdo aquellas tardes de sol abrasador frescas y ligeras bajo el amparo de aquel follaje verde y blanco. Recuerdo perfectamente la viveza y el brillo de los colores que allí se reunían y que penetraban mi pupila hasta el alma misma y grababan profundos aquellos arco iris de reflejos y destellos sobre el agua y las hojas. Recuerdo el fulgor de los rayos de agosto rebotando sobre los caparazones de los insectos que hacíamos prisioneros de nuestros juegos y caprichos. La luz de verano tenía una gama de matices especiales cuando brillaba sobre la armadura de las hormigas. Resplandecían como pequeños guerreros de azabache. Su carne se volvía más etérea y los colores mates dejaban paso a una superficie suave y sutil que refractaba la luz en tonalidades de negros y blancos hermosísimos que después sólo he conseguido volver a apreciar en las pinturas de algunos artistas franceses. 

Cuando la tarde iba tocando a su fin entonces recogíamos las pocas cosas que pudiéramos llevar encima y poníamos rumbo de regreso al pueblo. Naturalmente tardábamos una eternidad en llegar a nuestras casas porque de camino seguíamos con nuestros juegos de correr y saltar, de jugar con los palos y las piedras que nos encontrábamos y también con los pobres bichos que sufrían estoicamente todas las perrerías que les hacíamos. 

Más o menos cuando habíamos llegado de vuelta a la altura a la que estaba la ermita era cuando los grillos empezaban a cantar con su crepitar nocturno y las primeras estrellas empezaban a ganar la partida al azul del cielo. Los olores secos del día iban dejando paso al embriagador perfume de la noche y era entonces cuando un aroma a jazmín y clavellina invadía todos mis sentidos y relajaba los músculos. El ambiente se volvía más denso, como más pastoso. Pero no era pesado ni asfixiante. Se transformaba en una especie de piscina infinita en la que el aire estaba cuajadillo de olores a flores y humedad que ejercía las funciones de un bálsamo protector después de un larguísimo día bajo un sol de justicia que sólo había sido mitigado de cuando en cuando por las ramas de los olmos.

Cruzábamos el puente felices y satisfechos. Nos sentíamos los reyes del universo. Otro día más habíamos completado la gran hazaña de caminar hasta la cascada y volver victoriosos de nuestro destino. Atravesando aquel puente éramos nosotros verdaderos romanos que cruzábamos triunfantes las puertas de la ciudad tras la batalla sin que ningún memento mori nos recordase al oído una y otra vez que aquella gloria sería pasajera. En aquellos días no había visiones oscuras ni tampoco miedos por el futuro que vendría. El mañana era resplandeciente, igual que el presente. Todos los peligros que pudieran acechar se disiparían con nuestra fe y nuestra valentía como únicas armas y escudos contra el porvenir misterioso que era la edad adulta.