viernes, 15 de abril de 2016

Dar tres vueltas a la propia casa

Dice el proverbio chino: “Antes de cambiar el mundo da tres vueltas a tu propia casa”. A lo largo de la historia de los pueblos hay dichos similares, al fin y al cabo la experiencia humana es siempre humana, independientemente de dónde y cuándo se haya vivido. 

Recuerdo que, a lo largo de muchos años, siempre fantaseaba con las grandes cosas que haría cuando fuera “mayor”. El tiempo ha pasado más rápido de lo que esperaba, y son muchas las cosas que he hecho, aunque no tan grandes como había soñado. En la adolescencia la energía es infinita. Las ganas de cambiar el mundo encuentran la fuerza necesaria para lograrlo. Sin embargo, sin ser un anciano aún, esa fortaleza se desvanece poco a poco (Temo cómo serán los años venideros si ya hoy el agotamiento es tal). La verdad es que, echando la vista atrás, y con la ventaja que aporta la perspectiva del tiempo pasado, uno se da cuenta de que el mayor pecado que se comete en la juventud es creer que es más fácil cambiar el mundo que hacerlo con uno mismo. De nada sirven los grandes ideales y los grandes proyectos cuando no se puede salvar un sólo día. 

El proverbio habla del mundo y de la propia casa. Mundo es siempre una palabra grande, aunque se utilice con distintos significados. En su sentido más amplio se refiere a la Realidad, al todo, a la suma de todas las cosas que existen. Su otro sentido, el pequeño, hace referencia a espacios más reducidos pero que guardan alguna relación entre sí. Además, suele ir acompañado de un predicado que lo determina para acotar bien la esfera de lo que cae en su pertenencia: el mundo de las ideas, el mundo universitario, el mundo de la política... 

La propia casa es una metáfora de la propia persona. Es bastante acertada. Al fin y al cabo, la casa es, en cierta medida, una prolongación de nuestro propio ser. Tiene personalidad, no es algo que se adquiera completado sino que es su habitante quien, con su “vivir en ella”, hace que la casa sea casa y no sólo inmueble o edificio. Dar tres vueltas a la propia casa se refiere a mirar nuestro pequeño entorno, nuestra propia persona y todas sus prolongaciones. 

El mundo y la casa se enfrentan para ilustrar un conflicto que se repite eternamente, generación tras generación y cultura tras cultura. El proverbio pretende llamar la atención sobre una realidad que es dolorosa pero muy tangible. Tenemos voluntad de cambiar el mundo, pero no somos capaces, ni siquiera, de cambiar nuestro espacio más cercano. Teorizamos sobre las grandes ideas y proyectamos sobre cuál debería ser el mundo perfecto y, sin embargo, no somos capaces de aplicar esos principios a las tres vueltas de la casa. 

La conclusión es clara (Es lo bueno que tienen los refranes, no hace falta pensar para aprehender su significado, simplemente llegan a nosotros como una luz brillante que transforma lo negro en día y el vacío en miles de cosas con formas y colores): El objetivo sobre el que se debe centrar todo el esfuerzo no es el “gran mundo” sino la “pequeña casa”. 

lunes, 11 de abril de 2016

La letra favorita

Los papeles se amontonaban sobre la mesa. Todo el escritorio era una masa informe de libros y hojas sueltas llenas de anotaciones hechas a lápiz. Justo en el centro había un cuaderno abierto por la mitad. Las carillas estaban sucias y llenas de garabatos que habían sido escritos muy rápido y sin cuidado. Se notaba en la forma que tomaban las letras sobre el papel. En el caso de las vocales no destacaba tanto pero con las consonantes la cosa era distinta. Eran más alargadas, tanto a lo ancho como a lo largo. Las rayas que se extendían de arriba a abajo junto a cada cuerpo lo delataban. Giraban de un lado a otro según su colocación. Siempre seguía el mismo patrón. Si la filigrana estaba arriba se caía hacia la derecha, si estaba abajo se torcía a la izquierda. Cuando se leía el texto a cierta distancia, parecía un montón de hierba que se inclinaba con el soplo del viento.

Su letra favorita era la efe. Con ella podía jugar y conseguir los requiebros más obscenos en los manuscritos. La punta del lápiz se apoyaba firme sobre el papel y luego, de un único trazo, una línea seca y sorda dividía en dos la escritura. Así, creaba una barra de separación que parecía más un signo de puntuación que una letra. Aquella barra le encantaba. Tenía la manía de hacer las efes así. No eran efes sino rayas grotescas y bien marcadas que sobresalían por arriba y por abajo dejando en evidencia al resto de sus compañeras. Arrastraba esa manía y era algo con lo que disfrutaba a pesar de llevar años haciéndolo una y otra vez de manera ritual.

Gozaba sobremanera cuando llegaba una palabra con varias efes. De todas, su favorita era filosofía. No porque le gustase la materia, que también. Adoraba la filosofía. Pero no disfrutaba escribiendo esa palabra por su significado sino por su abundancia de efes. Poder escribir dos rayas secas y cortantes, orgullosas de ser tan ostentosas por ambos lados y, a la vez, tan juntas entre sí, producía un placer indescriptible. Había ocasiones en las que la dicha quedaba frustrada por un punto malintencionado. Si filosofía era la primera palabra de la nueva oración era un fastidio porque, entonces, la primera efe se escribía con mayúscula y, en ese caso, la palabra perdía toda su gracia. Sin embargo, la mayoría de las veces, el problema conseguía ser solventado con un simple artículo delante del sujeto. Aquella jugarreta conseguía proferir todavía más éxtasis a la dicha de acuchillar el folio dos veces tan seguidas porque tenía la virtud de conseguir que se sintiera como un verdadero canalla al lograr esquivar, con intelecto pero con sencillez, el punto antojadizo que precedía la palabra mágica.

jueves, 17 de marzo de 2016

Un desierto de hielo

Había en todo esto un aspecto raro que no terminaba de reconocer con exactitud. El viento era frío y seco. Cortaba los labios y las mejillas cuando chocaba de forma fina en la cara. Contuve los puños cerrados contra mí, apoyados junto a las piernas para que no se filtrase el aire helado por las palmas de las manos. Ahora todo estaba congelado. La tierra que estaba bajo mis pies se retorcía en complicados escorzos hechos de hielo y barro. Había también trozos de ramas podridas y algunas bolas de hojas secas y desgarradas que se arremolinaban en podredumbre.

Hacía sólo seis meses el paisaje había sido completamente diferente. El barro no estaba tan compacto y apenas se dejada ver. Por todo el suelo brotaban tallos verdes y finos de hierba salpicados con flores rojas y blancas. Justo al final del parque había una fuente de piedra. Era pequeña, de un metro de altura aproximadamente. A su alrededor se formaban muchos charcos que inundaban la tierra y no dejaban que las plantas echasen raíz. Era el sitio preferido por los gorriones y las palomas. Se amontonaban como una especie de enjambre para beber agua. Cada uno de los pájaros se movía de forma independiente pero, todos juntos, creaban la sensación de ser un solo cuerpo. Parecía un banco de peces de se moviera por el suelo creando formas indefinidas que se rompían y se volvían a formar una y otra vez. No pasaba más de dos segundos sin que el pelotón estuviera hecho un solo cuerpo uniforme y abstracto. Más allá de la fuente, junto a los arbustos, crecían amapolas rojas que eran el hogar de miríadas de insectos voladores. Había abejas y mariquitas. Pero, de entre todos los bichos, eran las mariposas las que más llamaban la atención por sus colores. Como estaban junto a los arbustos nadie se acercaba a ellas y podían volar tranquilas sin preocupaciones.

Ahora los arbustos estaban secos. Sólo quedaban sus esqueletos irguiéndose penosos sobre sus tallos negros y quebradizos. Del caño de la fuente goteaba de poco en poco agua que, al tocar el suelo, había formado un agujero en el charco helado que la rodeaba. No había amapolas, ni insectos, ni aves de ningún tipo. Sólo los tristes huesos de los matorrales erguidos al final del parterre daban testimonio de que había habido un día en el que aquel lugar no había sido dominio del invierno. Un desierto de hielo, todo lo demás que se pudiera haber dicho habría sido ser demasiado generoso con esa tierra muerta de escarcha y fango.

miércoles, 2 de marzo de 2016

El átomo

El átomo es la unidad del universo,
La gregería es la unidad literaria.
Quien comprende la unidad comprende el mundo,
Quien no comprende la unidad se pierde en un mar de formas.

Así, como hablaron los antiguos,
El uno engendra el dos,
El dos engendra el tres,
El tres engendra los mil millones de seres...

martes, 9 de febrero de 2016

Cautiverio (Primera parte)

He perdido la cuenta de los días que llevo encerrado. Es algo lógico. Simplemente era cuestión de tiempo. Tenía que haber sido más listo y apuntarlo con marcas en la pared como hacen en las películas. Ahora ya da igual. Aunque empezase a contar mi cautiverio desde hoy no me serviría de nada porque no sé si llevo encerrado semanas o meses. Mi única referencia del exterior es el ventanuco de la pared. Pero es tan poca la luz y el aire que entra que lo único que alcanzo a distinguir es si es de día o de noche. Si al menos pudiera recordar qué pasó...

Por las noches lo sueños se confunden con los recuerdos. Ayer estaba caminando por un campo de trigo amarillo en verano. El viento era fresco y a la vez templado, como el que sopla en los atardeceres de septiembre. Caminaba con el rumbo fijo al encuentro de alguien pero no consigo recordar a quién buscaba. De lo que sí que estoy seguro es de que no paseaba sin dirección fija. Tenía un objetivo claro, e iba a su encuentro. De repente oí un sonido que no era natural, casi como un zumbido mecánico. Me hizo pararme en seco y, cuando volvía la mirada hacia atrás, todo se volvía oscuro.

Me desperté con el corazón a mil latidos por minuto y la respiración agitada. Lo que más rabia me produjo cuando volví en mí es que no sé si se trataba sólo de un sueño o en realidad era parte de un recuerdo. La sensación de impotencia es horrible. Quisiera ser libre. Quisiera que estos muros que ahora son todo mi mundo se resquebrajasen y me dejaran ver qué hay más haya de este sótano. Estoy seguro de que este no es mi estado natural. Yo era libre, aunque no consiga recordar ni cómo ni cuándo.

El primer día que desperté en esta cueva estaba asustado. Ahora ya el miedo ha pasado a un segundo plano. Mentiría si dijera que no lo tengo. Pero mi curiosidad es más fuerte que el miedo. Mis ganas de entender mi situación serían capaces de hacer que luchara contra mis captores si con ello obtuviera respuestas, aunque ello supusiera poner en riesgo mi vida. Pensándolo bien es horrible que el hombre llegue a la situación de amar más la verdad que la propia vida y, sin embargo, aquí estoy...

Estoy seguro de que en otra situación cualquier persona con el juicio sano respondería que valora más la vida que la verdad, que prefiere vivir a no ser libre. Sin embargo, ahora que me veo encadenado en esta trampa, comprendo que no puede haber vida sin verdad. Vivo sin vivir en mí... ¡Maldita sea! Estoy seguro de haber escuchado esa frase antes. Si tan siquiera pudiera recordar dónde quizás tendría alguna pista para saber quién soy y qué hago aquí.

Cuando pienso demasiado e intento recordar las cosas termino con dolor de cabeza. La presión del trabajo mental se coloca a ambos lados de la cabeza, justo en las sienes. Después sube por la frente y penetra hasta el cerebro y se sitúa entre los dos hemisferios. Luego ya es cuando tengo que dejar de pensar porque el dolor se vuelve demasiado intenso.

Usando la razón he llegado a ver algunas cosas del mundo exterior. Naturalmente mis ojos no pueden captar nada a través de la ventana por la que respiro. Su tamaño es tan ridículo que simplemente sirve para que no me ahogue en mi propio dióxido de carbono. En el exterior se oyen pájaros. Pajaritos pequeños que pían por las mañanas y por las tardes. También se oye el viento y se oye cómo mece la hierba o algún tipo de planta parecida. Gracias a esto he llegado a la conclusión de que estoy en algún lugar cerca del campo. Probablemente en un lugar abierto y rodeado de vegetación. Además, esto tendría sentido. Sería un lugar estupendo para esconder a una persona sin que nadie sospeche nada. Todo esto suponiendo que haya alguien por los alrededores...

Otra conclusión a la que he llegado es que debemos estar en primavera. De esto estoy prácticamente seguro porque el aire que entra por la ventana arrastra consigo pelusas de polen. Tenemos que estar en mayo o en junio. No sé qué tipo de polen es. Pero es polen, de eso estoy seguro porque lo veo cuando entra. Cuando las pelusas son grandes las tiro por el pozo y me olvido de ellas. El pozo está en una de las esquinas de la habitación y lo utilizo como retrete y basurero.

Además del pozo hay un torno en la pared por la que me mandan todo aquello que necesito. De momento sólo he recibido comida, agua y toallas húmedas para limpiarme. Las dos primeras veces que vi que se movía grité y pedí ayuda. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, no obtuve ninguna respuesta y, a día de hoy, sé que por esa vía no voy a conseguir nada.

No sé qué hacer. Escapar parece imposible, conseguir respuestas también. Lo único que puedo hacer es ver pasar el tiempo esperando que algo cambie. Sin embargo lo que más me extraña es la ausencia de mis recuerdos. No tiene ningún sentido que no recuerde nada de mi vida anterior a estar encerrado aquí. Es posible que me hayan drogado para que olvide quién era. Es lo único que se me ocurre. Si me han secuestrado imagino que quien lo haya hecho querrá algo de mí. De mí o a través de mí. Es posible que me quieran para un intercambio o algo similar. Lo que está claro es que si me quisiera haber matado ya lo hubiera hecho. Aunque tampoco puedo descartar completamente esa posibilidad. ¡Maldito dolor de cabeza! No puedo quedarme aquí sin hacer nada. Tengo que trazar un plan...

martes, 2 de febrero de 2016

¡Tienen religión!

¡Tienen religión! O al menos eso creo... No lo puedo asegurar con certeza pero después del último mensaje estoy casi seguro de que escuché la palabra "religión" entre la maraña de información que percibí.

Llevo aquí ya casi un mes y hasta ahora nunca había imaginado que pudieran tener, en su cultura, algo parecido a lo que nosotros entendemos como religión... Quizás fueran prejuicios míos pero supuse que una civilización como la suya no tendría elementos culturales de este tipo. El problema que se me plantea es que no puedo establecer una comunicación directa con ellos. Toda la información que tengo la he recibido porque ellos me la han transmitido con mayor o menor eficacia pero, siempre, ha sido unidireccional. De esta manera no hay nada que pueda hacer para recabar más información que esperar a que sean ellos quienes me la proporcionen.

Por lo demás continúo en esta habitación circular con todas las cosas que me han proporcionado. Estoy convencido de que me observan. Eso es algo que tuve muy claro desde el principio. A pesar de no saber cómo y desde donde no me cabe duda de que estoy permanentemente vigilado igual que nuestros científicos observan las criaturas microscópicas a través de sus microscopios. Esto me hace preguntarme por el aspecto de esos seres que me tienen aquí encerrado. ¿Tendrán el mismo tamaño que yo? ¿O serán enormes en proporción a los hombres? Si al menos les pudiera ver en los mensajes...

El último mensaje ha sido esta noche. Como todos los anteriores se ha transmitido mediante el sueño. Creo que utilizan algún método telepático para insertar la información en mi cabeza mientras duermo. Por ahora no he obtenido ninguno en estado de vigila y eso me hace preguntarme sobre si necesitan que esté dormido para introducirse en mi cabeza o, por el contrario, lo hacen aposta por alguna razón concreta que desconozco. Después del primero de los mensajes reconozco que tuve miedo. Ahora ya los empiezo a ver como algo natural. De hecho, la curiosidad que despiertan en mí es más fuerte que el miedo. Esto no significa que no me aterre la idea de estar completamente a su disposición y privado de mi libertad. Sin embargo si me hubieran querido matar sin más ya lo hubieran hecho...

El mensaje de esta noche ha sido idéntico en la forma de los anteriores. Primero me veía a mí mismo en un espacio completamente oscuro y después empezaba a oír un zumbido agudo que se iba modulando poco a poco, igual que cuando se sintoniza una radio cuando se busca la emisora. Después el plano espacial se transformaba en algo más plano y parecía como si estuviera observando, desde la distancia, una pantalla plana. Entonces aparecían las ondas luminosas frente a mí. Al igual que las otras veces con los mismos colores: rosa, amarillo y naranja. Y se entrecruzaban entre ellas y saltaban y oscilaban según la modulación del sonido que recibía. Cuando el sistema estaba encendido era cuando los zumbidos se volvían más claros y entonces conseguía distinguir las palabras o las frases que me querían transmitir.

Del mensaje de esta noche recuerdo algunas cosas, entre ellas la palabra "religión". Los mensajes parecían piezas inconexas entre sí pero imagino que eso se debe a la dificultad que tienen de alojar en mi cabeza los mensajes que desean enviarme desde su lenguaje natural al lenguaje humano. La primera palabra que recuerdo es "tranquilo". Después "agudo". La tercera era "calor". Después de esas tres palabras el mensaje propiamente dicho que sí que estaba formado de varias palabras ordenadas con significado: "Según los otros representantes la religión no debe ser un problema. Debemos proceder como estaba establecido".

No tengo la menor idea de lo que significará. Entiendo que debido a la religión que mencionan ellos no podían hacer algo que estaban pensando hacer pero que, tras debatir con los "otros", han llegado a la conclusión de que no es un problema y van a seguir haciendo lo que estaba previsto desde el principio. Respecto a las otras palabras anteriores al mensaje no he conseguido encontrarles un significado ni un sentido que me aclare nada.

Lo único que me queda es esperar a recibir más información para ver si consigo sacar algo en claro. Es importante que apunte todos los detalles de cada uno de los mensajes porque, al ser tan inconexos, se me podrían olvidar con facilidad y la única opción que tengo de conseguir sacar conclusiones que me ayuden a comprender dónde estoy es analizar estos mensajes. Por el momento el resto de necesidades, las que podríamos llamar puramente biológicas, siguen satisfechas gracias a la plataforma de envíos. Sigo sin entender cómo funciona ni por dónde acceden las diferentes cosas que recibo. Pero la verdad es que mientras funcione correctamente y con la asiduidad con la que lo viene haciendo hasta ahora ese es un tema del que no tengo que preocuparme.

martes, 27 de octubre de 2015

Megas

Megas condujo su coche por la carretera en dirección al este. Había dejado atrás la ciudad y varios polígonos industriales situados a las afueras. Eran las once de la mañana y el cielo rugía de luz y agua en un bailoteo de luces y nubes que parecían pelearse por ocupar todo el espacio en la bóveda celeste. Megas tenía frente a sí la carretera y a lambos lados campos y campos de cultivo y barbecho distribuidos arbitrariamente sin sentido alguno. Delante la autovía serpenteaba las colinas para morir en un horizonte verdusco que daba comienzo a una hilera de cielos compactos que se apelmazaban en dos dimensiones los unos sobre los otros, como los pisos de la lasaña que se pisan entre sí en los restaurantes italianos consiguiendo cada uno más altura a costa del sufrimiento del anterior. 

Tras los árboles que tachonaban el horizonte se levantaba excitada una maraña de nubes negras y moradas que parecían presagiar el final del mundo en sus entrañas. Pero justo sobre ellas, dos centímetros más arriba desde la perspectiva de Megas en el coche, el cielo era límpido y brillante. Había sobre toda esa turba de caos nuboso un gran claro por el que los rayos de sol se colaban triunfantes mezclados con el agua de la atmósfera y creaban colores y luces magníficas que hacían vibrar el corazón de quien las contemplaba. 

Justo encima de aquella claridad rigurosa se levantaba un nuevo mar de nubes oscuras. Estas se distribuían de manera mucho más armoniosa que sus hermanas inferiores y, en lugar de pelearse en una composición caótica de fuerzas y barrocos, se extendían plácidamente a lo largo del cielo sobrante en olas de cúmulos que recordaban un mar en calma pero invertido en lo referente a la fuerza gravitatoria terrestre. Parecía como si la carretera se extendiera por el cielo y Megas condujera su coche sobre el oleaje pausado de un océano cualquiera. 

De la radio brotaban acordes melódicos y sonidos de violines y pianos que capturaban la atmósfera dentro del vehículo y que, combinados con el espectáculo exterior crearon las condiciones perfectas para que el espíritu de Megas temblase. 

Durante unos minutos se sintió libre y pleno. El cielo, el horizonte, la luz y las tinieblas, la música y la velocidad. Todo ello contribuía a que su corazón albergase esa amada sensación perseguida por todos los hombres. Durante esos minutos Megas fue feliz. 

lunes, 26 de octubre de 2015

¿Por qué la gente habla en los ascensores?

¿Por qué la gente habla en los ascensores? El otro día estaba esperando el ascensor de mi casa y llega la vecina del sexto, Conchi. Me saluda, le saludo y nos quedamos esperando a que llegue el ascensor al bajo. Como soy muy educado, y con las personas mayores hay que serlo, le abro la puerta. Cabe aclarar que Conchi tiene doscientos años, lustro arriba lustro abajo. De hecho ella vio instalar el ascensor de mi casa. Y construirla entera desde los cimientos para ser más exactos.

Y cuando estamos ya dentro coge la buena señora y da al botón del sexto. Me mira y me dice: <<Voy al sexto>>. Gracias vecina, además de más joven que usted debo de ser ciego. Hubiera preferido que me preguntara a qué piso voy yo y que pulsara también el botón de mi casa en vez de decir obviedades que no sirven para nada pero qué le vamos a hacer...

Entonces, como no me queda otra, pulso yo el botón de mi casa, el quinto. Y es entonces cuando Conchi suelta otra de sus maravillosas perlas y dice: <<¿Vas al quinto?>>. No, lo hago para despistar...

Lo peor de todo es que llevamos coincidiendo en el ascensor más de veinte años. Creo que la pobre Conchi todavía no se ha enterado de que vivo aquí. Esta escena se lleva repitiendo toda mi vida desde que tengo uso de razón.

Lo peor de todo es que habrá gente que dirá que son cosas que se hacen por educación, por "hablar de algo". Yo mandaría a toda esa gente con Conchi a una isla desierta, por educación. Que si no fuera por educación les mandaba a otro sitio.

Pero hay que reconocer que las señoras como Conchi no son lo peor que te puedes encontrar en un ascensor. En mi bloque de pisos hay algo mucho peor que Conchi y son los vecinos que tienen perro o niños. O lo que es aún peor, los que tienen perro y niños, así, todos juntos, como Mogli en el Libro de la Selva, niños y animales juntos. Es evidente que ese romance no puede funcionar.

Cuando abres el ascensor y te encuentras con uno de esos vecinos no parece un vecino. Parece que la puerta del ascensor es un portal misterioso que te transporta a un episodio de "Teo se va al campo pero antes va a dar un poco por culo en el ascensor".

¿De verdad por qué hay gente que habla en el ascensor? ¿Y por qué cuando te encuentras con uno de estos vecinos con familia numerosa y perro tienes que hablarle antes al niño que al padre? ¿Y por qué cuando lo haces lo tienes que hacer como si el bebé fueras tú y tuvieras algún problema en la boca?

Si vas en el ascensor con un vecino y su hijo entonces tienes que decirle alguna chorreada a la ricura de turno porque si no lo haces eres un borde insensible al que no le gustan los niños, y eso ya será así para siempre. Además tienes que decirlo con voz de gilipollas porque como todo el mundo sabe los niños sólo oyen a los adultos cuando estos les hablan como si lo estuvieran haciendo a un teletubbie.

Pero es que con los perros pasa tres cuartos de lo mismo. Tú te cruzas con un vecino con perro y tienes que hablarle al dichoso perro. Te gusten o no lo perros. Si no lo haces eres igual de borde que si no le hablas al niño. Es fundamental que hables al perro antes que al vecino. Es un código de conducta instaurado por los siglos de los siglos. El vecino observa la escena desde la altura mientras tú estás inclinado dejándote el espinazo diciendo cosas como: <<Guapo, guapo, eres un perrito muy guapo>>. Y como si le hablaras al mismo teletubbie de antes, pero esta vez con la lengua más grande y algo más de pelo.

Tienes que hacer todas estas cosas con la mejor de tus sonrisas. No puedes llegar al ascensor y encontrarte al vecino y a su perro (que es enorme, babea y por alguna razón que no terminas de entender te ha cogido cariño y decide subírsete encima) y decir: <<Ay, es que los perros no me gustan>>. Si haces esto entonces dos rayos láser procedentes de los ojos del vecino amante de los animales atravesarán tu cuerpo y te pulverizarán convirtiéndote en un montón de ceniza en la que el perro del vecino se meará. Y luego llegará Conchi para decirte que ella va al sexto.

martes, 20 de octubre de 2015

Pensamientos suicidas

Cabe pensar en el destino del Hombre cuando el destino de uno solo parece haberse vuelto en su contra. Ahora sólo me queda alzar la voz para gritar alto y con fuerza: <<Nos han engañado>>.

Nos han engañado y ahora ya no hay solución. El tiempo ha marchitado las flores de la primavera y el invierno ha comenzado. Ya no hay libros ni tampoco sueños por realizar. Ahora sólo nos queda el dinero...

martes, 6 de octubre de 2015

Ojos Callados

La oscuridad se cierne sobre mí
Extramuros la habitación está helada
Comienzan a danzar en mi cabeza
Demonios saltarines antes conocidos
Siento los latidos en mi pecho
No son ni lentos ni veloces
Y en mi sesera el silencio lo gobierna todo.

La ausencia de música genera claridad
Los ojos perciben sigilos antes huidos
La luz comienza a vibrar a mi derredor
Y veo ruidos y silencios
Con los ojos callados
Todo se vuelve lucidez
Un resplandor infinito.

El frío es templado
La oscuridad tintinea con destellos juguetones
Como luciérnagas que me guían en la noche...