lunes, 26 de octubre de 2015

¿Por qué la gente habla en los ascensores?

¿Por qué la gente habla en los ascensores? El otro día estaba esperando el ascensor de mi casa y llega la vecina del sexto, Conchi. Me saluda, le saludo y nos quedamos esperando a que llegue el ascensor al bajo. Como soy muy educado, y con las personas mayores hay que serlo, le abro la puerta. Cabe aclarar que Conchi tiene doscientos años, lustro arriba lustro abajo. De hecho ella vio instalar el ascensor de mi casa. Y construirla entera desde los cimientos para ser más exactos.

Y cuando estamos ya dentro coge la buena señora y da al botón del sexto. Me mira y me dice: <<Voy al sexto>>. Gracias vecina, además de más joven que usted debo de ser ciego. Hubiera preferido que me preguntara a qué piso voy yo y que pulsara también el botón de mi casa en vez de decir obviedades que no sirven para nada pero qué le vamos a hacer...

Entonces, como no me queda otra, pulso yo el botón de mi casa, el quinto. Y es entonces cuando Conchi suelta otra de sus maravillosas perlas y dice: <<¿Vas al quinto?>>. No, lo hago para despistar...

Lo peor de todo es que llevamos coincidiendo en el ascensor más de veinte años. Creo que la pobre Conchi todavía no se ha enterado de que vivo aquí. Esta escena se lleva repitiendo toda mi vida desde que tengo uso de razón.

Lo peor de todo es que habrá gente que dirá que son cosas que se hacen por educación, por "hablar de algo". Yo mandaría a toda esa gente con Conchi a una isla desierta, por educación. Que si no fuera por educación les mandaba a otro sitio.

Pero hay que reconocer que las señoras como Conchi no son lo peor que te puedes encontrar en un ascensor. En mi bloque de pisos hay algo mucho peor que Conchi y son los vecinos que tienen perro o niños. O lo que es aún peor, los que tienen perro y niños, así, todos juntos, como Mogli en el Libro de la Selva, niños y animales juntos. Es evidente que ese romance no puede funcionar.

Cuando abres el ascensor y te encuentras con uno de esos vecinos no parece un vecino. Parece que la puerta del ascensor es un portal misterioso que te transporta a un episodio de "Teo se va al campo pero antes va a dar un poco por culo en el ascensor".

¿De verdad por qué hay gente que habla en el ascensor? ¿Y por qué cuando te encuentras con uno de estos vecinos con familia numerosa y perro tienes que hablarle antes al niño que al padre? ¿Y por qué cuando lo haces lo tienes que hacer como si el bebé fueras tú y tuvieras algún problema en la boca?

Si vas en el ascensor con un vecino y su hijo entonces tienes que decirle alguna chorreada a la ricura de turno porque si no lo haces eres un borde insensible al que no le gustan los niños, y eso ya será así para siempre. Además tienes que decirlo con voz de gilipollas porque como todo el mundo sabe los niños sólo oyen a los adultos cuando estos les hablan como si lo estuvieran haciendo a un teletubbie.

Pero es que con los perros pasa tres cuartos de lo mismo. Tú te cruzas con un vecino con perro y tienes que hablarle al dichoso perro. Te gusten o no lo perros. Si no lo haces eres igual de borde que si no le hablas al niño. Es fundamental que hables al perro antes que al vecino. Es un código de conducta instaurado por los siglos de los siglos. El vecino observa la escena desde la altura mientras tú estás inclinado dejándote el espinazo diciendo cosas como: <<Guapo, guapo, eres un perrito muy guapo>>. Y como si le hablaras al mismo teletubbie de antes, pero esta vez con la lengua más grande y algo más de pelo.

Tienes que hacer todas estas cosas con la mejor de tus sonrisas. No puedes llegar al ascensor y encontrarte al vecino y a su perro (que es enorme, babea y por alguna razón que no terminas de entender te ha cogido cariño y decide subírsete encima) y decir: <<Ay, es que los perros no me gustan>>. Si haces esto entonces dos rayos láser procedentes de los ojos del vecino amante de los animales atravesarán tu cuerpo y te pulverizarán convirtiéndote en un montón de ceniza en la que el perro del vecino se meará. Y luego llegará Conchi para decirte que ella va al sexto.

martes, 20 de octubre de 2015

Pensamientos suicidas

Cabe pensar en el destino del Hombre cuando el destino de uno solo parece haberse vuelto en su contra. Ahora sólo me queda alzar la voz para gritar alto y con fuerza: <<Nos han engañado>>.

Nos han engañado y ahora ya no hay solución. El tiempo ha marchitado las flores de la primavera y el invierno ha comenzado. Ya no hay libros ni tampoco sueños por realizar. Ahora sólo nos queda el dinero...

martes, 6 de octubre de 2015

Ojos Callados

La oscuridad se cierne sobre mí
Extramuros la habitación está helada
Comienzan a danzar en mi cabeza
Demonios saltarines antes conocidos
Siento los latidos en mi pecho
No son ni lentos ni veloces
Y en mi sesera el silencio lo gobierna todo.

La ausencia de música genera claridad
Los ojos perciben sigilos antes huidos
La luz comienza a vibrar a mi derredor
Y veo ruidos y silencios
Con los ojos callados
Todo se vuelve lucidez
Un resplandor infinito.

El frío es templado
La oscuridad tintinea con destellos juguetones
Como luciérnagas que me guían en la noche...

viernes, 18 de septiembre de 2015

Entrevista a Francisco Ilustrado

El pasado lunes CC entrevistó al filósofo y activista Francisco Ilustrado. El pensador y profesor de la Universidad de Estudios Independientes Sofos es conocido por su activismo en favor de los derechos de los animales así como por su actividad en el terreno educativo, elemento fundamental y piedra angular de todo su pensamiento ético y político. Su próximo libro, “Avanzar avanzamos, la cuestión es adónde”, saldrá a la venta el próximo mes de diciembre y estará disponible en la editorial Nuovo.

CC: ¿Qué espera de su nuevo libro?

FI: Espero muchas cosas naturalmente (se ríe). A decir verdad espero que se vendan muchos ejemplares. No porque signifique ganar más dinero sino porque creo realmente que es importante que la gente lo lea. Creo que tengo cosas importantes, además de interesantes, que decir y en este libro cuento algunas de ellas. 

CC: El título del libro es “Avanzar avanzamos, la cuestión es adónde” ¿Adónde cree usted que estamos yendo? ¿Cree que el mundo es un lugar mejor ahora que antes?

FI: Bueno ésa es la principal pregunta que trato de responder en el libro y el hilo argumental de todo el texto. Me vas a permitir que te conteste al revés de como me has formulado las preguntas. ¿Creo firmemente que el mundo es un lugar mejor ahora que antes? la respuesta es un sí rotundo. Eso no significa naturalmente que no queden muchas cosas por hacer y que todavía haya muchos peligros que solucionar, y es que cuando nos referimos a si el mundo es un lugar mejor ahora que antes, al menos yo, entiendo que lo que se me pregunta es si el planeta es más seguro ahora que antes. Me explico. Hace apenas cincuenta años vivíamos amenazados por el holocausto nuclear de la Guerra Fría, hoy el mundo se enfrenta a unas dificultades terribles. Me viene a la cabeza la situación en Siria con los refugiados y la crisis en Europa que se enfrenta a la cuestión de qué hacer con ellos y cómo acogerlos. Vemos como hay todavía situaciones gravísimas que nos pueden hacer dudar, y con razón, de que el mundo sea un lugar más seguro que antes. Sin embargo por suerte la amenaza nuclear no se cierne sobre nuestras cabezas como décadas atrás. Quizás parezca poco pero es un avance. Es por eso que creo que el mundo es un lugar mejor ahora que antes. Respecto a tu otra pregunta ¿adónde estamos yendo?, bueno, creo que efectivamente vamos a un mundo mejor. Vemos como la conciencia humana cada vez es mayor que en siglos pasados. Por continuar con el ejemplo de los refugiados, hace siglos hubiera sido impensable que se acogiera a esas personas como se está haciendo ahora. Antes la idea de “nación” ocupaba la mente de las personas y esta idea era tan fuerte que era capaz de superar incluso la idea de “humanidad”. Por suerte esto está cambiando y el concepto de nación cada vez está más diluido. Hoy en día la nación se asocia a una población con unas características propias naturalmente, sin embargo cada vez es más normal que se entienda simplemente como una “región administrativa”, nada más. 

CC: ¿Entonces piensa que en el futuro no habrá países?

FI: No, yo no he dicho eso. Lo que quiero decir es que las identidades que podríamos llamar autóctonas, el concepto de nacionalismo tal y como se entiende en Europa a partir del siglo XIX hasta hoy en día lentamente desaparecerá en aras en una cultura universal y cosmopolita, que esté por encima de identidades, religiones, historias, pueblos e idiomas. 

CC: Usted es un firme defensor de los derechos de los animales. En relación a lo que acaba de explicar, ¿cree que en el España la cultura taurina desaparecerá?

FI: Efectivamente soy un firme defensor de los derechos de los animales, pero no sólo de los derechos de los animales, también de los derechos del ser humano. Se podría decir que estoy a favor de evitar cualquier forma de sufrimiento a cualquier ser sintiente en la medida de lo posible. La cultura taurina en nuestro país está fuertemente arraigada, no sólo en “la fiesta” sino en diversas formas de festividades locales que están de un modo u otro vinculados al toro y en todas ellas se lleva al animal a la muerte tras una agonía. Esto no tiene cabida en una sociedad racional, los movimientos antitaurinos, o mejor dicho proanimalistas, tienen cada vez mayor presencia y mayor impacto en el imaginario colectivo. Finalmente la cultura taurina desaparecerá. 

CC: ¿Pero entonces qué pasa con la cultura española, qué le diría a los que consideran el toreo un arte?

FI: A la cultura española no le pasará nada, simplemente cambiará, no tengo ni idea de cómo lo hará pero lo hará. Hace siglos la vinculación entre Iglesia y Estado en España era parte de su cultura, estaba implícito en lo que podríamos llamar el ADN español y sin embargo hoy ya no es así, la separación entre el poder político y el religioso es un hecho claro y nadie se escandaliza por ese cambio de la “cultura española”. Quizás surja una nueva forma de “toreo” en el que se “juegue” con el animal pero sin torturarlo y después matarlo. Respecto a la otra parte de la pregunta, cuando me plantea la cuestión de qué les diría a aquellos que consideran el toreo un arte. Mire la cuestión no es si el toreo es un arte o no, ésa no es mi discusión. Arte viene del latín “ars” y significa “técnica”, cuando decimos que algo es un arte, en el sentido más amplio de la palabra, lo que estamos diciendo es que existe una técnica para realizarlo correctamente y que, cuando se realiza de esa manera, tiene belleza. Yo no voy a discutir si el toreo es un arte o no, en cuanto a técnica sin duda la tiene, e incluso puede llegar a entenderse de una manera bella si tenemos en cuenta el movimiento y la tensión que existe en su ejecución. Sin embargo, como le decía la cuestión no es si es arte o no es arte, si es cultura o si no lo es, la cuestión es si es moralmente aceptable o no. ¿Debemos aceptar la tortura y el sacrificio de un animal por mero divertimento o por el contrario debemos ser contrarios a ello? Yo no tengo duda de que por mucho arte y por mucha cultura o tradición que haya detrás no hay justificación moral que legitime llevarlo a cabo. 

CC: ¿Está a favor de prohibir los festejos taurinos?

FI: Es una pregunta interesante y creo realmente que usted ya sabe mi posicionamiento al respecto (Francisco se ríe y se echa hacia atrás en el sillón). Mire yo soy un firme defensor de la educación como motor del cambio. Entre mis colegas activistas y animalistas a veces no se entiende bien mi postura cuando les digo que yo estoy en contra de prohibir “la fiesta”. Creo que es un problema generacional. Si analizamos el caso con perspectiva vemos como, poco a poco, los detractores del toreo van aumentando sin que se haya prohibido. Creo firmemente que la solución llegará cuando la inmensa mayoría de la sociedad se conciencie de la situación. Sin embargo para ello debe pasar tiempo. Hace 50 años nadie sabía en España lo que era la ecología y hoy en día todo el mundo tiene, al menos en parte, una idea más o menos acertada de lo que es. No se trata de modas, se trata de evolución. El ideario español debe evolucionar lo suficiente como para que la sociedad no demande corridas de toros, sólo entonces se terminará con tanto sufrimiento. Si por el contrario se prohibieran los festejos taurinos, desde mi punto de vista, lo único que se conseguiría sería convertir en mártires a sus defensores y eso enquistaría el problema prolongándolo en el tiempo de manera indefectible.

lunes, 17 de agosto de 2015

Alice

Alice corrió hasta la habitación de su madre con el osito de peluche apretado contra su pecho. Al llegar empujó la puerta entornada y se quedó un segundo contemplando la figura que se hacía hueco entre las sábanas de una cama demasiado grande para aquel cuarto. Se subió al colchón y comenzó a relatar la historia de siempre.

Un señor oscuro estaba en su ventana y le decía que se fuera con ella a su casa. Eloise, su madre, le explicaba que eso era un sueño, que no había nadie en su ventana y que ella lo había soñado. Alice miraba entonces a su madre con cara de incomprensión. A sus cinco años de edad no sabía cómo expresar lo que sentía. Para la niña aquella pesadilla era muy real. El hombre oscuro no hacía nada, le decía su madre. Ella estaba durmiendo tranquila en su cama. Todas las noches su madre la acostaba y le daba un beso en la frente. Entonces Alice le decía que se quedase con ella por si venía el "hombre malo" y Eloise le decía que si eso pasaba tenía que pensar que era un sueño y que cuando se despertase ya no estaría allí.  Entonces Alice se dormía sin decir nada. Al fin y al cabo su madre no iba a dejar que nada malo le pasara y si ella decía que cuando se despertase el hombre malo ya no iba a estar ella se lo creía.

Entonces de repente notaba un calor en las orejas. Notaba como si una mirada penetrante se le clavase en la nuca y entonces sabía que ya estaba allí otra vez. No se movía de la cama. Ni un milímetro. Porque cuando eso sucedía su cuerpo se paralizaba. El frío y el calor se mezclaban y se concentraban en diferentes partes de su carne y de sus huesos. Entonces su corazón empezaba a latir muy fuerte.

Después sucedía lo más desagradable. Lo que hacía que Alice no sólo se paralizara sino que sintiera que su corazón se le iba a salir del pecho. Era cuando el hombre malo le hablaba a través de la ventana. A veces no le veía porque se dormía mirando hacia la puerta. Pero otras lo hacía mirando hacia la ventana y entonces, cuando conseguía abrir lo ojos, se filtraba entre las sábanas y los rizos de la niña le imagen negra de una sombra apoyada contra el cristal que le decía: <<¿Quieres venir a mi casa?>>.

Eloise ya no sabía qué hacer con los miedos de su hija. Las pesadillas habían empezado después de las vacaciones de Navidad. Alice había pasado una semana en la casa de su padre. Desde que él y su madre se separaron siempre habían tenido una relación cordial y habían logrado que el divorcio no fuera demasiado traumático para la niña.

Eloise había llevado a Alice al psicólogo del colegio varias veces desde que empezaron a repetirse las pesadillas. Este le decía que era normal. Los niños de esas edades tienden a sentirse en peligro cuando no están cerca de sus padres y por la noche es cuando estos miedos se manifiestan con mayor intensidad. Sin embargo lo mejor que los padres pueden hacer es no magnificar el problema. Si la madre entraba en el juego de la niña era posible que esta interpretase que podía conseguir todo lo que quisiera de su madre a través de la mentira y podía llegar a darse el caso de que se inventara más historias de "hombres malos" o cualquier otra fantasía con tal de conseguir de su madre lo que ella quería.

La niña se acurrucó junto a su madre en la cama y le dijo que por favor le dejase dormir con ella esa noche. Que el hombre malo le daba mucho miedo. Eloise estaba tan cansada que prefirió acceder con tal de poder seguir durmiendo. A la mañana siguiente habló con su hija e intentó hacerla entrar en razón. Pero la niña soló bajaba la cabeza y miraba al suelo. Para ella los sueños y la realidad eran la misma cosa. Aunque su madre le dijera que no podía irse a dormir a su cama cada vez que tenía esa pesadilla ella sólo sabía que cada vez que el hombre malo aparecía por la noche lo único que quería era huir.

La situación lejos de mejorar empeoró con las semanas y Eloise ya no sabía qué hacer. El psicólogo del colegio no le daba ninguna solución y el meterse en la cama con ella ya se había convertido en una costumbre imposible de evitar. Pasaron los días y Alice se fue con su padre el fin de semana que había dicho el juez. Alice quería mucho a su padre. También a su madre. Pero como era a su padre al que veía con menos frecuencia siempre se alegraba mucho cuando podía estar con él.

Antes de llevarse a la niña Eloise apartó a su exmarido y lo llevó a un rincón de la cocina. Allí le explicó la situación que se venía repitiendo desde el final de las vacaciones de Navidad. No mostró una preocupación especial, entendía que, a esas edades, es normal que los niños tengan miedo de la oscuridad. No obstante prometió a la madre que estaría especialmente alerta y que, si veía algo extraño, se lo comunicaría inmediatamente.

El domingo por la noche el padre trajo a Alice a casa de su madre a la hora acordada y nada hacía sospechar que algo raro sucediera. Habían estado en el parque por la mañana y el día anterior habían ido al cine y a comer pizza. Cuando Alice se fue a su cuarto Paul, que así se llamaba el padre, cogió por el brazo a Eloise y la llevó al rincón de la cocina donde habían hablado el viernes anterior.

-Oye... Sobre lo que me comentase de las pesadillas. No quiero parecer paranoico ni nada de eso. Pero la verdad es que Alice ha estado perfectamente los días que ha estado conmigo. Ha dormido en su cuarto sin ningún problema. El sábado por la mañana no le dije nada, pero hoy le he preguntado en el desayuno que qué tal había dormido y me ha dicho que muy bien porque como mi piso está muy alto el hombre malo no puede asomarse a la ventana como en casa de mamá...-.

-Mira Paul... El psicólogo me ha dicho que estas cosas son normales. ¿Tú crees en serio que algún chalado se va a estar acercando todas las noches a la ventana de nuestra hija a decirle que se vaya con él a su casa? Me alegro de que duerma bien en tu casa, pero estoy convencida de que lo que le pasa a Alice no son más que miedos infantiles, el porqué no lo sé, pero miedos infantiles al fin y al cabo-.

-Supongo que tendrás razón pero Alice es lo que más quiero en el mundo y ya sabes que tiendo a preocuparme demasiado por ella. Lo que quería pedirte es simplemente que estuvieras más atenta a cuando se va a dormir. Me refiero a que, si te parece bien, te acerques a su habitación por la noche para asegurarte de que no pasa nada raro-.

-Mira Paul yo no puedo estar pendiente de si la niña tiene pesadillas durante toda la noche. Bastante con que se viene a dormir conmigo noche sí y noche también-.

-Sólo digo que le eches un ojo cuando se supone que todo el mundo está dormido. Por favor Eloise...-.

Cuando dijo esto el padre de Alice puso la cara que a su madre le había enamorado en la Universidad. Paul tenía la costumbre de bajar un poco la cabeza y levantar la ceja derecha cuando pedía algo. Luego sonreía sin mostrar los dientes y ladeando ligeramente el lado derecho de los labios hacia arriba mientras que el lado izquierdo quedaba perfectamente alineado con el resto de la expresión de su cara. A Eloise seguía pareciéndole que estaba muy guapo cuando ponía ese gesto y finalmente accedió a los deseos de su exmarido.

Tal y como cabía esperar los miedos nocturnos de Alice volvieron esa noche. Su madre le arropó y le dio un beso en la frente como todas las noches con la diferencia de que en esta ocasión, después de besar a su hija, sus ojos su fueron inconscientemente hacia el otro lado de la habitación buscando instintivamente la ventana. Alice no lo notó. Eloise no vio nada extraño. Ahí estaba la ventana y, detrás de ella, el jardín de la casa. Nada más.

Aquella noche su madre no pudo dormir. Se preguntaba a sí misma si su exmarido era un paranoico o tendría razón. Le culpaba, pero sin demasiado rencor, de haberle metido el miedo en los huesos. No podía dormir y decidió levantarse sin encender ninguna luz. Se escurrió sigilosa por el pasillo que llevaba hasta la habitación de su hija y se asomó muy despacio por el hueco de la puerta. Primero vio a la pequeña Alice que dormía en su cama. Después, cuando el ángulo fue el adecuado, miró hacia la ventana de su hija. Nada. La misma ventana y el mismo jardín que había visto cuando había arropado a su hija hacía media hora.

Volvió a su cuarto, se sentó sobre la cama y se encendió un cigarrillo. Este dichoso Paul siempre haciéndole la vida imposible. En la Universidad se habían conocido en el primer curso. Ella estudiaba Filología Anglosajona y él Historia. Desde el primer día que le vio le gustó. Empezaron a salir a los pocos meses de primero. Paul era un hombre divertido y despreocupado. Eso fue lo que más le gustaba a Eloise de su exmarido. Al menos al principio. Cuando terminaron la Universidad se casaron y decidieron dar la vuelta al mundo. Se tomaron un año sabático y, con el dinero que habían ahorrado dando clases particulares a chavales de educación secundaria, cumplieron su sueño. Año y medio después nació Alice. A Eloise le enamoró el espíritu aventurero y librepensador de su marido pero también fue lo que terminó con su matrimonio. Paul quería seguir viajando y Eloise quería establecerse, echar raíces en un mismo sitio y ver crecer a su hija. Paul también quería ver crecer a su hija, pero no le importaba que cada año fuera en una punta distinta del planeta. Eloise no podía con eso. Ahora hacía un poco más de un año de la separación y a Eloise todavía se le hacía muy extraño pensar que ya no estaban juntos. Más todavía cuando fue ella la que tomó la decisión de poner punto y final a la relación.

Del cigarrillo no quedaba nada más que la colilla. Eloise fue al baño. Ahora por fin podría descansar de una vez. Al pasar por el pasillo volvió a mirar en la habitación de su hija. De nuevo nada. En el baño se quedó un rato más pensando sentada en la taza del váter. Se encendió otro cigarrillo y siguió pensando en Paul. Se lo terminó y tiró la colilla al inodoro. Al cruzar por el pasillo se chocó con Alice que salía despavorida de su habitación con dirección a la de su madre. La niña no la reconoció y dio un grito que se escuchó en toda la casa. Eloise se quedó paralizada de miedo. Alice lloraba en el suelo junto a los pies de su madre. Eloise permanecía petrificada. Desde el pasillo, a través de la puerta de su hija, veía por la ventana que daba a la habitación como el "hombre malo" huía al darse cuenta de que había sido descubierto...

lunes, 27 de julio de 2015

El juego de cartas

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves…

Un pequeño temblor en los párpados y una musiquilla que se oía a lo lejos. Abrí los ojos y me vi de nuevo en el mundo de los Hombres entrando en el gran salón del Vizconde donde acababa de dar comienzo el baile de disfraces. Aquellas gentes danzaban y cantaban alegres vestidos con trajes que parecían sacados de la corte del rey Luis. 

Las cuerdas amenizaban la velada con sus violines y contrabajos. Una luz amarilla y naranja envolvía toda la sala y parecía hacer de todo lo que allí había una sola cosa, como si no hubiera diferencias entre esto y aquello, pues todo, siendo diferente, formaba parte del mismo circo y se movía y reía al compás de la misma música.

Un sirviente me ofreció champán y algo de comer. Al momento la Marquesa de Bizarre me tomó por el brazo y me arrastró hasta una mesita en el centro de la sala donde los caballeros, y también las damas, jugaban a un pasatiempo que combinaba tragos de vino y cartas. 

-¡Gana el que saque la carta más alta! ¡Pero si el contrincante vuelve a extraer otra carta de la baraja puede ganar y hacer que seas tú quien termine bebiendo de su copa!- Gritó la marquesa a la vez que empujaba de un golpe de caderas a un hombrecillo triste y menudo que estaba sentado en el lugar que nosotros ocupamos. 

Después de varias rondas todos los bebedores jugaban relajados y alternaban los licores con risotadas y gesticulaban de manera exagerada con las manos y con la cara. A la Duquesa de Rioltz se le había caído la peluca justo en el momento en el que su silla se quebró en dos, hecho que le hizo caer de espaldas al suelo generando grandes carcajadas entre todos los asistentes que allí estábamos reunidos. 

De repente sonó en la lejanía un reloj. Nadie pareció oírlo y todos siguieron jugando sin preocupación de ningún tipo. Al principio sonaba muy suave, como si estuviera en otra sala de aquel palacio. Después de la sexta campanada su tañido se había vuelto casi un estruendo en mis oídos pero ninguno de los que me acompañaban parecía sentir su martilleo. 
-¿No lo oís?
-¿Oír el qué?
-¡El reloj!
-Yo no oigo nada… ¡La reina de corazones! ¡He ganado! 

Justo cuando sonó la décima campanada todas las ventanas de la sala se abrieron y sus cristales se quebraron dejando entrar un viento helado del exterior que acabó con la luz de todas las velas y en un momento la oscuridad lo gobernó todo. 

Fue entonces cuando mis compañeros de velada se percataron de aquel sonido, de aquel reloj en la lejanía que hasta ese momento había pasado desapercibido en sus oídos. La gente chillaba y llamaba a los criados para que cerraran las ventanas y trajeran candelabros pero el caos se había adueñado de todo y nadie respondía a los gritos de socorro. El viento se había tornado en una tormenta de hielo y truenos que hacía temblar hasta los cimientos de la casa. 

Sonó la undécima campanada y los muros de la sala se troncharon como arcilla húmeda. Cayeron trozos de pared desmenuzada como si de migas de pan se tratase y las columnas reventaron sobre sí mismas haciendo que el artesonado que decoraba el techo se derrumbase sobre nuestras cabezas. 

Sonó entonces la última campana, la duodécima, y cesó la tormenta. Ya no había rayos, ni truenos ni lluvia, ni marquesas ni juegos de cartas. Sólo la oscuridad más absoluta.

miércoles, 24 de junio de 2015

El Lobo (Segunda Parte)

En el Lobo se reúnen gentes muy variopintas. Están sin duda los géneros habituales de los antros lúgubres de cualquier parte del mundo, pero hay también personas más peculiares, personas de esa característica personalísima que no encajan en ninguna categoría concreta y que constituyen, en sí mismos, el paroxismo de la anomalía. 

Una de esas personas es el señor Wu. El señor Wu es español, aunque de origen chino. Su piel es amarilla, su pelo negro y sus ojos rasgados. Lo que podría llamarse un chino de pura cepa. Es habitual de aquel tugurio porque tiene por costumbre y virtud leer la buena ventura de los comensales que allí se reúnen. Los camareros lo saben y siempre le reservan la misma mesa oscura y en penumbra al final del local. Al principio sorprendió un poco que “el chino”, como era conocido en el bar, echara las cartas y, encima, en un lugar con tan poca intimidad, llegó a ser hasta molesto para el encargado ya que constituía una atracción demasiado llamativa para un lugar que se caracteriza por no existir. Sin embargo pronto empezó a atraer personas de todos los géneros y dichas personas tenían, en la mayoría de los casos, un particular amor por la bebida. Esto hizo que los camareros empezaran a ver al señor Wu con mejores ojos, especialmente cuando se formaban colas las tardes de lunes a jueves en la barra del bar para que “el chino” les comunicara su buena fortuna mientras aquellos pobres desgraciados esperaban su vez ahogando el aburrimiento con vinos, whiskys y licores de muchos tipos. 

Wu es de las personalidades más llamativas del Lobo, pero no la única. La señora Remigia es una ricachona arruinada que debe rondar los sesenta y largos. Es ancha y regordeta, con la piel muy pálida y el pelo teñido de rojo. Desde luego no pasa inadvertida. Por si su propio físico no fuera suficiente, tiene por costumbre decorarlo con telas de gasa y terciopelo baratas y algunas joyas que adornan sus orejas, cuello, muñecas y dedos. Algunos la llaman, en tono bromista naturalmente, “la señora disfrazada de joyería”. En realidad nada de lo que lleva es bueno, lo más noble que toca su piel es cristal coloreado pues los tiempos en los que Remigia era la reina allá adonde fuera quedaron ya muy atrás. 

Vivió por todo lo alto cuando era más joven. Desgraciadamente para ella se arruinó por completo cuando a su marido le condenaron por evasión de impuestos y tuvo que empeñar todas sus joyas y sus vestidos buenos. Después tuvo que mudarse a una casa más humilde, cerca de Lavapiés. Para doña Remigia dejar su añorado Barrio de Salamanca donde había vivido toda su vida fue un golpe durísimo del que le costó recuperarse. Sin embargo con el divorcio que sobrevino a la caída de su estatus geográfico consiguió desplumar el poquísimo dinero que el bribón de su marido había escondido en varias cuentas en el extranjero y, gracias a ello, y a la ginebra todo sea dicho, consiguió recuperar el ánimo y, desde entonces, es una asidua a las noches del Lobo. 

Son muchos los personajes y personajillos de la muy nutrida y amplísima sociedad los que deambulan noche sí noche también por la barra de aquel local como para poder citarlos a todos sin dejarse a ninguno que merezca la pena. El señor Wu y doña Remigia son dos de los más carismáticos. Mas no sería justo ni acertado terminar este relato sin mencionar a la triste Ana. 

La triste Ana es una borracha de manual. Podría deshacerme en eufemismos para disfrazar la realidad pero sería inútil e irreal. La triste Ana, como la llaman en el bar, es peluquera. Trabaja de cuando en cuando cortando el pelo a caballeros y peinando cardados a señoronas de barrio. Ha pasado por multitud de jefes pero ninguno la aguanta mucho tiempo pues tiene la costumbre de beber desde por la mañana y eso es algo que, seamos sinceros, no da muy buena imagen… 

Por eso la despiden de todos los puestos que consigue. Vive de su familia, que ya no sabe qué hacer con ella pues, a sus cuarenta y cinco años, ni tiene novio, ni carrera, ni oficio ni beneficio y todo el que consigue amasar se lo gasta en cañas por las tardes. 

No se puede decir que la triste Ana esté en el Lobo todos los días. Es normal, pues le pilla un poco a desmano desde su barrio, sin embargo, si la noche promete ser larga, entonces se embute sus botas de cuero negro y algún top hortera de los que tiene arrugados en el fondo de armario que no hace más que acotar la pobre libertad de unas carnes que ya no están para muchas alegrías y, armada de ropajes indignos los pies a la cabeza, se lanza a la conquista de la madrugada junto a Wu y doña Remigia entre cañas, cartas, joyas y perfumes baratos que dan a la atmósfera del Lobo el aire de un templo pagano en pleno ritual dionisiaco. 

No os molestéis en buscar este lugar en las guías de mano ni en vuestros ordenadores porque no lo encontraréis. Existir existe, os lo aseguro porque yo he estado en él. Conocéis la calle y el nombre, así que preguntad a las gentes de mala facha que se mueven por el centro de la capital. Ellos sabrán guiaros.

lunes, 18 de mayo de 2015

El Lobo (Primera Parte)

Hay una taberna en Madrid donde se reúnen las gentes que prefieren no ser encontradas. Es un antro que bien podría ser el ejemplo arquetípico de las germanías de la capital, pues en él se dan todas las características que le son propias a dicho género. Se ubica en un callejón sin nombre que sale de la Calle del Lobo y, por ser la única tasca de la corredera, responde al mismo nombre. 

La entrada es tan pequeña que sólo puede traspasarla un cuerpo al mismo tiempo, o se sale o se entra, igual que en un banco, pero sin detectores de metal. La puerta es una diminuta apertura en la fachada negra de cemento al final del pasadizo. Está rematada por una viga de hierro oxidado que hace las veces de dintel y del que cuelgan algunas plantas, algunas vivas y otras muertas, que han ido creciendo por los resquicios y agujeros que los años han horadado en el muro.

Nada más cruzar la puerta hay un escalón que casi no se ve pero en el sólo unos pocos tropiezan puesto que, la mayoría de los que lo atraviesan, ya lo han hecho antes. Después del escalón hay un pasillo muy estrecho y muy oscuro con el suelo hundido y cubierto de azulejos de ladrillo desgastado y algo pegajoso. Los pies a veces se encariñan demasiado del adoquinado y cada vez que lo pisan  cruje la suela de los zapatos con un sonido desagradable y largo, y viscoso y seco a la vez.

Al final de la galería se abre a mano derecha la verdadera entrada de la cueva y entonces un arco iris de tonos rojos, dorados y negros dan la bienvenida al visitante. Como se encuentra en los bajos de algún edificio la ventilación es horrible y la atmósfera está siembre enrarecida y densa. Las telas que cuelgan de todas partes tampoco ayudan a respirar con facilidad. Hay cortinas azabache colgadas de la pared que decoran tragaluces inexistentes y trampantojos dibujados en la superficie del muro que emulan columnas y formas arquitectónicas clásicas y grisallas que dan al lugar un aspecto aún más dantesco si cabe. 

Las mesitas donde se sirven los licores son de maderas viejas. Casi ninguna está a la vista porque unos manteles rojos con flecos negros las cubren y sólo dejan ver las patas desvencijadas que sujetan, de manera más o menos firme, la superficie que sirve de teatro a los vinos y cócteles que allí se toman. 

Las sillas son igualmente rancias. Una pátina de negro y ocre recubre cada trozo de los respaldos y oculta cualquier posible vestigio de la veta que antaño pudieran haber tenido. En el caso de los asientos es distinto, pues el roce de las posaderas ha desgastado cualquier barniz que tiempo atrás cubriera las tablas y ahora se muestran desnudas y rubicundas sin más decoro que el de la propia madera virgen. 

Justo al final del gran salón, en el lado izquierdo de la estancia, se encuentra la barra y, tras ella, una estantería de madera de roble labrada con motivos vegetales repleta de botellas de anises y venenos de todo tipo. Los frascos que allí se alinean como un ejército de soldados de cristal multicolores no son las que lucen en cualquier taberna. Hay, sin duda, algunas que podemos encontrar en cualquier club de la capital, sobre todo en los más caros. Sin embargo los más interesantes son aquellos que no tienen etiqueta. Los camareros conocen los contenidos de aquellas ampollas y el cliente debe confiar en el buen ojo del servicio si quiere probar aquellas pócimas de mil demonios pues, hay que aclarar, que no se tratan de alcoholes de menor rango sino, más bien, mucho mejores que aquellos que se pueden conseguir en cualquier mercado de manera legal. 

lunes, 13 de abril de 2015

La chica de los zapatos en la mano

Lucía es una de esas chicas que no pasa inadvertida. Ni es alta, ni es rubia y, ni siquiera, está tremenda. Debe rondar el metro sesenta. Su pelo es negro y un poco azulado, con reflejos, que lo llaman ahora. Lo lleva corto, como una media melena justita y un flequillo recto que le cubre la mayor parte de la frente. Tiene una nariz pequeña y respingona que, junto con sus ojos siempre avispados, le da un toque de niña traviesa. Ella lo sabe, y le encanta jugar con eso. Suele vestir de colores alegres, incluso en invierno. A veces algún vestido estampado o de lunares, pero casi siempre lisos. El rojo es su color favorito, aunque en su armario no faltan los amarillos, los verdes, los naranjas y algún azul cielo, aunque es de los que menos se pone.

A sus veinte años parece que tuviera muchos menos por lo despreocupado de su atención a las cosas. Pero también pudiera parecer que tiene muchos más por lo bien amueblada que tiene la cabeza. Hacer lo que se dice hacer hace de todo y de nada a la vez. Estudia Bellas Artes en la Universidad Estatal, pero no sabe dibujar, pintar pinta algo mejor. En sus ratos libres también practica danza y canto, y los fines de semana sale con amigos por el centro. Prefiere el ron con Coca Cola, aunque los chupitos de tequila tampoco le saben mal.


Lucía es de esas chicas que nunca viste de rosa. Tiene amigas y amigos, aunque es con los hombres con los que se encuentra más a gusto. Siempre ha sabido hacerse respetar y no le tiembla la mano a la hora de dar alguna que otra bofetada a los que intentan pasarse de la raya. Al final, sus amigos, la tratan como a un colega más. Por eso no entra dentro del espectro de las "tías"; ella, a pesar de ser una chica, es Lucía. Ha tenido un par de novietes, rollos más bien, porque se cansa pronto de ellos. Hubo uno que le duró más tiempo, pero eso fue con catorce años y sólo se daban un beso en los labios cuando salían del colegio.


Lucía cree que está destinada a hacer algo grande, como Picasso. Dice que cuando termine Bellas Artes quiere ser una especie de Tracey Emin a la española. El carácter lo tiene, el genio no tanto, pero con lo que tiene puede que llegue a hacer cosas grandes. Uno de sus sueños es irse a Nueva York, a trabajar un poco si puede, pero, sobre todo, a conocer el mundillo del artisteo de la Gran Manzana.


Entre sus artistas favoritos están Warhol, Jeff Koons, Hirst y, por su puesto, Emin. De todos ellos la loca de Tracey es sin duda su preferida. Hay muchas cosas que le gustan de ella pero, por encima de todo, le gusta porque es mujer. Para Lucía es un arquetipo, un modelo a imitar, una especie de espejo en el que verse reflejado y eso le encanta. No es que sea especialmente feminista en su manera de ver el mundo, que lo es, pero dice que si el mundo lo gobernasen las mujeres no habría tantas guerras. Dice que lo peor que podría pasar es que hubiera grupitos de chicas cuchicheando y criticándose unas a otras en las reuniones de la ONU pero que, después, cuando se encontrasen por el pasillo se sonreirían como si nada y comentarían entre ellas lo horribles que eran sus zapatos, nada más. Sin guerras, ni peleas de gallos y campeonatos de "a ver quién tiene más testosterona".


Todo esto lo cuenta en tono de broma por supuesto, como todo lo que hace y dice. Y es que se puede decir que Lucía nunca se enfada. Cuando se cruza con alguien que no le agrada sencillamente le ignora y sigue con los pájaros de su cabeza y sus mundos de pintores internacionales y vestidos de colores. Quizás por eso está siempre de buen humor. Si por lo que fuera la persona en cuestión se pone pesada no es muy de pensarse las cosas dos veces. Lucía sabe lo que quiere y no está dispuesta a aguantar tonterías.


En una ocasión había salido de fiesta con unas amigas y estaba bailando en una discoteca. De repente, justo cuando sonaba una canción que a ella le encanta, notó como una forma gruesa y seca se escurría por detrás de su espalda. Fueron sólo unas milésimas de segundo pero fueron tantas las cosas que se pasaron por su cabeza en aquel momento que el análisis de todo ello daría para escribir hojas y hojas sobre el tema. Al momento un escalofrío helado le subió por la espina y atravesó su espalda hasta llegar detrás de las orejas. Entonces abrió mucho los ojos y reconoció, perfectamente, que la forma gruesa que estaba invadiendo su "espacio vital", a ella le encanta usar esta expresión, era una mano que se dirigía, más o menos disimulada, hacia donde la espalda pierde su nombre.


La bofetada que le propinó en toda la mejilla al chaval que la había tocado coincidió con el final de la canción y se oyó perfectamente en toda la discoteca a pesar de la cantidad de gente que había allí reunida. El "aprendiz de violador", como lo bautizaron más tarde sus amigas entre risas y alguna que otra caída producida por los favores del ron, dio un paso hacia detrás para apartarse de la escena con tan mala suerte de tropezar con uno de sus propios amigos. Esto hizo que cayera en una pirueta que constituyó el paroxismo del ridículo más absoluto justo antes de apoyar, triste de él, la mano sobre los cristales de un vaso roto que había en el suelo.


El despojo de chaval se levantó compungido, con la mano sangrando y el pantalón manchado de arriba a abajo. Todo parecía haber terminado justo cuando Lucía le dijo: -Eso te pasa por meter la mano donde no debes-. Sin embargo, cuando todos los presentes estaban ya dispuestos a seguir con sus vidas e ignorarse mutuamente durante el resto de la velada, el chico de la mano larga empezó a llorar y, acto seguido, salió del local como alma que lleva el Diablo apartando a codazos a toda la chiquillería que allí se amontonaba. Naturalmente todo el séquito de carabinas que lo acompañaba hizo lo mismo y no volvieron a aparecer por allí en lo que restó de noche.


Lucía no se enfadó. Siguió bailando como si no hubiera pasado nada. De hecho fueron las amigas las que mostraban más atención a lo que acaba de suceder delante de sus ojos. Cuando vieron que Lucía no le dedicaba mayor importancia continuaron con la fiesta. Aquella noche fue memorable. Volvieron a casa con las primeras luces del amanecer...


Era tan tarde que ya era temprano. A Lucía se le había corrido el rímel y llevaba los zapatos en la mano, agarrados por los tacones como si de un ramo de flores se tratase. Toda ella era un ridículo precioso después de aquella noche. Estaba tremendamente guapa. Era el caos encarnado en una persona. Era la inocencia de la juventud, la alegría de la despreocupación, la naturalidad del alma indómita. Con su cuerpo pequeño y recogido, aún así, Lucía lo ocupaba todo.


Siempre es así, Lucía lo ocupa todo porque su personalidad es fuerte y dulce al mismo tiempo. Es el equilibrio perfecto de tozudez y ternura. Lucía es esa chica de los zapatos en la mano que, pase lo que pase, consigue que nunca se pierda la fe en el mañana.

viernes, 10 de abril de 2015

Trueking

Algunos decían que toda la culpa fue del Gobierno. Otros que la causa principal fue la moda ecológica y el principio del agotamiento de los recursos naturales. La verdad es que ambas tuvieron mucho que ver pero no sería del todo justo decir que fueron las únicas. De hecho había incluso personas que se apuntaron a esta nueva moda por el simple hecho de que les gustaban las cosas viejas.

Para mí era mi primera vez y, como no puede ser de otro modo, sentía esa excitación especial que todo el mundo siente siempre que se hace algo nuevo por primera vez en la vida. Que mi amigo Erik me acompañara ayudó bastante a decidirme. Él ya lo había hecho muchas veces y me había enseñado todo lo que había conseguido después de aquellas mañanas de ir y venir aquí y allá ajetreado con la mochila color verde pistacho a cuestas. Una noche tomando unas cervezas con unos amigos me convenció para acompañarle el próximo día y yo le dije que sí.


Era domingo por la mañana y Erik y yo habíamos madrugado para que nos diera tiempo a aprovechar bien la mañana. Habíamos quedado en la parada del metro cerca de su casa.


-¿Has traído todo lo necesario? -Me preguntó-.

-Sí.
-¿Y tu mochila?
-Sólo tenía esta negra... -Dije enseñándole mi mochila de Eastpak desollada por los bajos y con las correas hechas jirones-.
-Bueno, no es lo más ortodoxo pero tampoco pasa nada.

Tardamos una media hora en llegar hasta el Trueking Place. Cuando salimos de la estación el color verde en las mochilas parecía haberse convertido en la regla por antonomasia. Allí se reunía gente de todo tipo, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, gente arreglada y personas que iban casi descalzas. Todos llevaban una mochila a la espalda o rodando por el suelo y casi todas eran de ese horrible color pistacho que desde hacía unos años servía para identificar a los truekers.


Tuve que hacer un verdadero esfuerzo por no perder a Erik entre el gentío pero rápidamente me adapté a su forma de hacer las cosas. Me dijo:


-Tú no te separes de mí durante un rato hasta que veas cómo funciona esto, aunque no tiene mucho misterio. Mírame como lo hago y luego me copias ¿vale?


Entonces se acercó a una chica que llevaba el pelo recogido en forma de moño y sujeto con unas varillas rojas decoradas con unos dragones chinos muy mal pintados y se pusieron a hablar con total naturalidad.


-¿Buscas algo en concreto?

-Cambio libros y además tengo este móvil, esta lamparita de mesa y este reloj.
-¿A ver qué libros son? -Entonces la chica sacó varios tomos de su mochila y se los mostró a Erik-.
-¿Te gusta El fantasma de Canterville? Te lo cambio por esta edición del Tao Te King.
-Mmmm... Pues es que ya lo tengo... Déjame ver qué más tienes.
-¿De libros dices?
-Sí, sí...

La chica echó un ojo a los libros que mi amigo llevaba en su mochila y al final no le convenció ninguno. Se sonrieron y se despidieron con un alegre "feliz trueking". Después Erik siguió caminando entre la gente con el ojo avizor en aquellos objetos que sí que estaban a la vista. Yo le seguía, física y mentalmente, y analizaba todos sus movimientos y su manera de hablar con las personas que allí se movían a tropel pero con un sorprendente orden y elegancia entre todo aquel caos humano.


Finalmente Erik consiguió cambiar su Oscar Wilde por un libro de posturas de yoga de un autor americano no muy conocido. Cuando se acercó a mí me dijo:


-Bah... No es muy bueno pero hoy no parece que haya mucho para elegir. Tampoco tiene mucha importancia porque lo bueno de esto es que, cuando haya leído el libro, lo volveré a traer aquí para cambiarlo por otro...


Yo había traído varios objetos conmigo como me había dicho mi amigo. En mi mochila negra se revolvían varias revistas viejas de Historia y vida, un abrecartas de bronce con el mango en forma de águila, un imán para la nevera con una foto de Roma y unas gafas de sol con la montura en imitación a carey que estaban desgastadas en las partes de las patillas.


Me acerqué a una señora mayor que parecía estar buscando a alguien en concreto pero que finalmente resultó que, al ser menuda de estatura, no conseguía ver más allá de la primera línea de cabezas que se erguían como un bosque impenetrable frente a ella. Se llamaba Roberta, tenía 64 años y vivía sola en su piso de Malasaña con sus tres gatos, Zeus, Vulcano y Copito de Nieve. No quise preguntar de dónde sacó la genial idea de ponerles esos nombres a los pobres animales no fuera a ser que, dándole la oportunidad, me contara la otra mitad de su vida que no me había relatado aún.


Roberta resultó ser una señora parlanchina pero muy agradable. Se sorprendió mucho de que alguien tan joven llevara al Trueking Place unos ejemplares viejos de Historia y vida que hacía tantos años que no había vuelto a ver y le encantaron. No tuve más remedio que cambiárselos por una pareja de perros fu de porcelana descascarillada que, según me contó, no eran buenos pero tampoco malos del todo.


Erik y yo anduvimos un rato más por entre la gente hasta que a eso de media mañana nos empezó a entrar hambre y decidimos ir a comer al primer bar que encontramos fuera de la plaza. Allí aprovechamos para hacer recuento de todos los tesoros intercambiados: El libro de yoga de Erik, mis perros fu, un DVD con libreto de El Fantasma de la Ópera, otra lámpara de mesa distinta de la que mi amigo había traído, unas gafas de ver que yo cambié por las mías de sol, un portaminas y una pulsera de conchas de mar constituían todos los recuerdos de aquella mañana de trueking en pleno centro de Madrid.