jueves, 22 de enero de 2015

Memento Mori

Junto a las riberas del Tajuña se dibujaba a las afueras de un pequeño pueblo un camino custodiado a sus lindes por altos olmos. El camino partía casi desde la plaza misma donde se celebraban bailes y corridas de toros y bajaba por una pequeña calle que era la única que discurría recta entre aquellas casas que estaban rodeadas por caminos serpenteantes que enmarañaban la aldea de callejuelas imposibles. Llegaba hasta los campos de maíz que crecían a la ribera y, al llegar al río, se convertía en un soberbio puente de piedra que ponía fin a la pedanía. 

Los lugareños lo llamaban el Puente Romano, aunque de romano lo único que tenía era el nombre. Estaba hecho con grandes sillares de piedra asidos entre sí con argamasa amarilla y blanquecina que dotaba toda la construcción de un tono pálido que brillaba como una  luna en el cielo negro contra el verdor de los árboles y la hojarasca que crecía a su derredor. Seguía el camino dejando atrás tan portentosa creación humana y se adentraba por los terrenos dominados por la naturaleza. Las tierras eran fértiles y la mano del hombre había hecho de ellas campos de labranza donde se cultivan lechugas, más maíz y también patatas. 

Al llegar al final del sendero se levantaba una pequeña ermita dedicada a San Antonio adonde muchas vecinas del pueblo llegaban a rezar sus oraciones y a pedir favores para que, especialmente las más jóvenes, consiguieran la atención de ese mozo que todavía no se había dado cuenta de que aquella penitente era la mujer de su vida. Llegados a este punto el camino se bifurcaba. Un pequeño sendero se adentraba hacía el interior de la montaña que crecía grandiosa a espaldas de la ermita y el otro se retorcía en un giro de noventa grados que ondulaba en paralelo a lo largo del río que alimentaba aquellos campos y la ribera.

Había en esta parte de la vega algunas casas pequeñas desperdigadas como luciérnagas solitarias en la noche que moteaban el paisaje de formas humanas y que se mezclaban con la frondosidad de la naturaleza exuberante que crecía en aquella orilla. Era un camino muy transitado por las tardes. En él se reunían los vecinos del pueblo que iban a dar un paseo un poco más allá de la ermita y vagaban también por allí los labriegos de la zona que volvían a sus casas después de una jornada agotadora. 

Después de varios campos y un par de casas se escapaba caprichoso un pequeño sendero del tronco central del camino que se adentraba entre los maizales sin destacar sobre el paisaje y que, si no se conocía bien, era casi imposible de encontrar. Llegaba entre los olmos a un pequeño claro a orillas del río donde justo había un desnivel en el terreno que formaba una catarata que se deslizaba sobre unas terrazas inundadas por el agua que se escurría hasta conseguir salvar el terraplén. El lago que se formaba a su muerte había modelado una pequeña playa de piedras y lodo en donde iba a desembocar el sendero y quedaba todo protegido por el abrazo de las ramas de los álamos que allí crecían y que daban forma a un tejadillo de hojas y ramas que se peleaban por alcanzar los rayos del sol a la vez que creaban aquel pequeño refugio.

Aquel era el lugar más codiciado de la vega. Algunos chavales se reunían en él y jugaban trepando por las ramas de los árboles y triscando entre los matorrales que crecían a ras del suelo. Algunas veces se remojaban los pies en el río pero rara vez se bañaban porque, con la inclinación que creaba la cascada, el agua bajaba deprisa y removía el fango del fondo y se ponía marrón y oscura y parecía que estaba sucia y no invitaba al baño. 

Pasábamos allí todos los veranos y recuerdo aquellas tardes de sol abrasador frescas y ligeras bajo el amparo de aquel follaje verde y blanco. Recuerdo perfectamente la viveza y el brillo de los colores que allí se reunían y que penetraban mi pupila hasta el alma misma y grababan profundos aquellos arco iris de reflejos y destellos sobre el agua y las hojas. Recuerdo el fulgor de los rayos de agosto rebotando sobre los caparazones de los insectos que hacíamos prisioneros de nuestros juegos y caprichos. La luz de verano tenía una gama de matices especiales cuando brillaba sobre la armadura de las hormigas. Resplandecían como pequeños guerreros de azabache. Su carne se volvía más etérea y los colores mates dejaban paso a una superficie suave y sutil que refractaba la luz en tonalidades de negros y blancos hermosísimos que después sólo he conseguido volver a apreciar en las pinturas de algunos artistas franceses. 

Cuando la tarde iba tocando a su fin entonces recogíamos las pocas cosas que pudiéramos llevar encima y poníamos rumbo de regreso al pueblo. Naturalmente tardábamos una eternidad en llegar a nuestras casas porque de camino seguíamos con nuestros juegos de correr y saltar, de jugar con los palos y las piedras que nos encontrábamos y también con los pobres bichos que sufrían estoicamente todas las perrerías que les hacíamos. 

Más o menos cuando habíamos llegado de vuelta a la altura a la que estaba la ermita era cuando los grillos empezaban a cantar con su crepitar nocturno y las primeras estrellas empezaban a ganar la partida al azul del cielo. Los olores secos del día iban dejando paso al embriagador perfume de la noche y era entonces cuando un aroma a jazmín y clavellina invadía todos mis sentidos y relajaba los músculos. El ambiente se volvía más denso, como más pastoso. Pero no era pesado ni asfixiante. Se transformaba en una especie de piscina infinita en la que el aire estaba cuajadillo de olores a flores y humedad que ejercía las funciones de un bálsamo protector después de un larguísimo día bajo un sol de justicia que sólo había sido mitigado de cuando en cuando por las ramas de los olmos.

Cruzábamos el puente felices y satisfechos. Nos sentíamos los reyes del universo. Otro día más habíamos completado la gran hazaña de caminar hasta la cascada y volver victoriosos de nuestro destino. Atravesando aquel puente éramos nosotros verdaderos romanos que cruzábamos triunfantes las puertas de la ciudad tras la batalla sin que ningún memento mori nos recordase al oído una y otra vez que aquella gloria sería pasajera. En aquellos días no había visiones oscuras ni tampoco miedos por el futuro que vendría. El mañana era resplandeciente, igual que el presente. Todos los peligros que pudieran acechar se disiparían con nuestra fe y nuestra valentía como únicas armas y escudos contra el porvenir misterioso que era la edad adulta. 

domingo, 18 de enero de 2015

Una casa de pueblo

Hay en un pequeño pueblo una casa abandonada que está a las afueras. Tiene los portones azules y elevados, y también algo de óxido en las juntas de los quicios. Desde hace algunos años nadie vive allí. Hay un hombre que pasa de vez en cuando y es el único que entra y sale de ella. Abre las ventanas y ventila las habitaciones para que entre aire fresco y se vaya el olor a cerrado. Siempre que llega echa un ojo aquí y allí y revisa todas las alcobas para asegurarse de que todo está en su sitio. En realidad no hay nada que merezca la pena ser robado, pero como la casa está deshabitada y por allí abundan los ladronzuelos prefiere asegurarse de que todo está en orden. 

Detrás del portón hay un jardín abandonado que antaño fue florido y hermoso igual que la casa, pero en el que ahora sólo crecen las malas hierbas y los rastrojos. Ya ni siquiera el color de las piedras es el mismo que fue en el pasado. Hace unos veinte años había muchos niños que jugaban todo el día en aquel jardín, montaban en bicicleta y hacían castillos de arena con la tierra y los palos que encontraban en el suelo. Los domingos se celebraban comidas familiares al aire libre y en las noches de verano se contaban las estrellas del firmamento arropados por la suave brisa nocturna del mes de agosto. Ahora ya no queda nada de todo aquello. Aquellos recuerdos sólo viven en la memoria de los niños que jugaban en el jardín. Los muros de aquella casa ya no están llenos de vida como lo estuvieron antaño pero, por lo menos, aquellos niños todavía lo recuerdan. 

Dicen en el pueblo que aquella casa no está abandonada del todo. Dicen que tiene un fantasma que se pasea por ella y que en vida fue su dueña. Naturalmente nadie ha visto al espectro. Algunos comentan que de vez en cuando se ven sombras por detrás de las cortinas de la ventana de la cocina que da a la calle cuando no hay nadie. Al hombre que la cuida y que va de vez en cuando a verla le han pasado algunas de esas típicas cosas raras que a veces suceden pero que perfectamente pueden ser simples casualidades. Al fin y al cabo cualquier casa vacía es susceptible de tener fantasmas en el imaginario popular. 

En una ocasión el hombre estaba haciendo su típico recorrido por las habitaciones para asegurarse de que todo estaba en su sitio cuando se percató de que algo no lo estaba. En el dormitorio principal, el que era el de la dueña de la casa, había un par de zapatillas de felpa puestas a los pies de la cama, como si estuvieran esperando a que su dueña se levantara para no andar descalza por el suelo. Lo raro es que esas zapatillas siempre están guardadas en el armario de la habitación. Llevaban ahí desde que su dueña falleció hace muchos años. Como el cuidador es un hombre ocupado no reparó demasiado en este hecho y, al verlas, simplemente las volvió a poner en su sitio sin darle mayor importancia a semejante episodio y sin reparar en que, si se hubiera girado a la derecha en vez de a la izquierda para salir de la alcoba después de devolver las zapatillas a su altillo, hubiera visto reflejado en el espejo la cara del fantasma. 

Algunos comentan que esa casa no ha vivido todo lo que le está reservado vivir todavía. Dicen que algún día se volverán a celebrar comidas y reuniones familiares los domingos en el jardín. Que las malas hierbas y la cizaña deberán ser limpiadas y sustituidas por flores de miles de colores y por un pequeño huerto que dará verduras y hortalizas que se comerán los días de celebración. Comentan que, hasta que esto suceda, todavía deberán de pasar algunos años pero que, cuando llegue el día, el fantasma podrá descansar en paz y abandonará este mundo para irse a donde debe estar pero que, hasta entonces, seguirá vagando por aquella casa observando a la gente a través de las cortinas de la cocina y cambiando algunas cosas de sitio para intentar llamar la atención de la que gente que no la oye. 

lunes, 12 de enero de 2015

Villabajo

Hay un pequeño pueblo a la ribera del Tajo y custodiado a norte y sur por montes que sirven de hogar a conejos y zorros. El pueblo acostumbra a recibir muchos visitantes, especialmente los fines de semana. Desde hace años sus habitantes descubrieron el filón del turismo y desde entonces lo han sabido explotar con mucho éxito. Cerca de la plaza mayor hay multitud de casas rurales y restaurantes de comida típica de la zona. Por sus callejuelas, ahora limpias y bien conservadas después de un plan integral de remodelación y embellecimiento que fue todo un acierto del alcalde, se descubren las tiendas de artesanía y productos ecológicos que los turistas compran a precios muchos más caros de lo que valen pero que pagan alegremente porque están de vacaciones. Al fin y al cabo, cuando estamos de tiempo libre, nuestra psicología se transforma y no podemos evitar esa idea de a vivir que son dos días. 

En estas tiendas se pueden encontrar artículos muy variados. Hay por supuesto el típico souvenir hortera fabricado en China y traído a Europa en barcos de mercancía al por mayor y que, cuando llega a su destino, le impresionan con el nombre del lugar que va a promocionar. Sin embargo encontramos objetos mucho más refinados y que merecen unos minutos de contemplación más detenida por su capacidad de crear placer al que los observa. 

En una de las calles que van a dar a la plaza, justo antes de entrar a esta, se encuentra una de las tiendas que más visitantes recibe a lo largo del día. El local es amplio pero no tiene demasiada variedad de género. Eso ha conseguido que se salve de la invasión de los plásticos. La atmósfera es oscura y fresca en verano y cálida en invierno, la combinación perfecta para el cliente solitario. Vende artesanía local, aunque la anuncia como si fueran antigüedades. Está regentada por una señora que se ocupa de las ventas, aunque a veces también hay un chico joven. Pudiera ser su hijo, la verdad es que tiene toda la pinta aunque no lo sé y no lo puedo asegurar. 

Venden objetos muy variados. Hay muchos muebles, mueble pequeño, del que llaman auxiliar. Están hechos con maderas duras y pesan mucho. Las piezas están bien ensambladas y por ello tienen todos un aspecto rústico y a veces un poco tosco en el tacto. Aunque a la vista no resultan tan violentos. Tienen también una gran variedad de objetos decorativos. Hay piezas de madera tallada que imitan la forma de animales y personas. Tienen también piezas de cerámica, algunas pintadas y otras en arcilla cocida, presentadas a hueso y sin más. Hay botijos, palanganas de hojalata, cuencos, botes de todos los tamaños y formas, hay también algunos jarrones y platos decorados al estilo castellano, y también cestos de mimbre y hasta gorros de paja.

Todo está amontonado según ha ido entrando en la tienda. Los muebles más grandes están más abajo y los objetos pequeños se van ordenando de mayor a menor por tamaños de abajo a arriba desde los muebles hasta el techo. Hay un pequeño pasillo en forma de círculo que empieza en la caja de pagos y termina en el mismo sitio y que sirve para que los clientes paseen entre tanta almoneda para ver qué se les antoja.

Fuera del local se apoltrona un perro grande y vago. Está siempre echado a la margen del quicio de la entrada junto a la puerta. Cuando pasas por delante, ya sea cuando entras o sales, levanta levemente la cabeza y te mira. Otras veces ni eso, sólo te mira pero sin despegar su cuerpo del suelo. Nunca ladra ni hace ningún ruido. Es un buen guardián porque a pesar de su aspecto bonachón es un chucho obediente que sólo reacciona a la voz de su ama. 

Saliendo de la tienda, a mano derecha, se llega a la plaza del pueblo. Allí se pueden ver las balconadas corridas a lo largo de todas las fachadas. Cubren todos los edificios que dan al ruedo desde el primero al último piso, los bajos están reservados a los soportales. Detrás de uno de los más viejos se levanta desproporcionado el campanario de la iglesia, que se encuentra en una calle que discurre paralela a la plaza y que, de no ser por esta, cortaría perpendicularmente a la de la tienda. 

sábado, 10 de enero de 2015

Todos queremos ser felices

Todos queremos ser felices. Parece una afirmación innegable. En consecuencia el mercado se satura de libros para sanarse a uno mismo y conseguir esa felicidad a través de técnicas e ideas plasmadas en papel que, se supone, tienen las bendiciones de curar al enfermo y transformar nuestra vida a golpe de varita. Sin embargo toda esa morralla psicoanalítica no ha sido capaz, en todos estos años que lleva vigente esta moda, de solucionar ni un solo problema de los hombres. No hay un sólo libro de esta índole que haya sido capaz de “hacer feliz” a sus lectores. No obstante las ventas no han descendido sino que, lejos de lo que cabría esperar, han aumentado y se han convertido, junto a lo que podríamos denominar mass novel o literatura para idiotas, en la categoría de libros más vendidos en Occidente. 

Estamos ávidos de ser felices. Se nos impone el ser felices como la máxima de nuestra vida a golpe de repetirlo una y otra vez sin que haya más sentido que la felicidad misma. Entonces cabría preguntarse por qué unos seres que dedican la mayor parte de su tiempo y de sus energías a buscar la felicidad son tan desgraciados. Sin duda la respuesta no es sencilla y no pretendo caer en el simplismo, pero tampoco aspiro a escribir un postulado ético al respecto en estas líneas por lo que intentaré ser concreto pero breve. 

Es evidente que, cambiando quizás ligeramente el envoltorio de las formas edulcoradas que digerimos para la búsqueda de nuestro propio bien, esos libros de autoayuda y lo que podemos llegar a hacer como consecuencia de su lectura es, básicamente, lo mismo. Cambian cuatro frases aquí y allá pero el contenido es muy similar. Se parafrasea a algunos líderes del pensamiento antiguo y se presenta su receta masticada para que el público de masas sea capaz de hacerse una idea vaga de lo que quería decir y así se sienta superior a su yo de antes y con ello queda satisfecho y complacido brevemente creyendo, pobres diablos, que han encontrado la panacea a todos sus males y que a partir de ahora todo les andará mucho mejor en la vida. Cuando la nueva doctrina hace aguas simplemente se coge un libro nuevo y se repite la misma receta. 

No hay nada en la autoayuda que sea capaz de ayudar al hombre. En primer lugar porque se presenta como pseudofilosofía cuando no lo es. En segundo lugar porque la gente que lee esos libros no está dispuesta realmente a cambiar, espera que sea el libro quien haga el trabajo por ellos mientras se quedan sentados cómodamente en el sófa de su casa haciendo exactamente lo mismo que hacían antes de leerlo pero, eso sí, creídos inspirados de una luz cuasidivina que les ha abierto la mente a mundos sutiles que siempre habían estado presentes pero que nunca habían sido capaces de percibir correctamente pero que, con la ayuda de su nuevo grimorio, ahora sí que son capaces de ver. Y finalmente y en tercer lugar porque esos libros de autoayuda están escritos para buscar la felicidad de uno mismo. 

La autoayuda es un producto del consumismo occidental y la satisfacción que se obtiene de ella es la misma que el placer obtenido del consumo de cualquier otro producto mercantil. Ese placer es intenso pero efímero. Con ello se fomenta el ciclo de insatisfacción, consumo, satisfacción y nuevamente insatisfacción.  Entonces la rueda se vuelve a ponerse en marcha y así sine die

Los libros de autoayuda no funcionan por su propia naturaleza. ¿Alguno ve en las tiendas libros de exoayuda? Los libros de autoayuda están centrados en uno mismo, alimentan el ego del lector haciendo que se crea el centro del mundo, de su mundo, hasta el mismo universo debe ser visto con los ojos egoístas del individuo. Si realmente queremos ser felices debemos olvidarnos de nosotros mismos, el ego conlleva sufrimiento e insatisfacción. El deseo de felicidad que impera hoy en día en Occidente es su mayor lastre para conseguir una satisfacción real y duradera. Desear ser felices es el principio mismo de la infelicidad. Desear la felicidad ajena genera, espontáneamente, el abandono del propio ser y, con ello, surge de manera automática la felicidad. 

La autoayuda es, por propia definición, una contradicción en sí misma dado que, la felicidad nunca puede venir de un "auto" sino de un "exo". La felicidad humana surge de la exoayuda, la práctica de la autoayuda nos convierte en protagonistas de nuestros propios pensamientos y, con ello, imposibilita cualquier forma de satisfacción, presente o futura. 

miércoles, 7 de enero de 2015

El sueño de una noche de verano

El cielo era oscuro y negro, moteado aquí y allá por un mar de estrellas infinitas que tachonaban el firmamento con su azul eléctrico y vibraban como tímidas llamas en la noche. El aire era fresco para ser verano. Corría una leve brisa que acariciaba las manos y las mejillas a su paso y que recordaba al soniquete de una música alegre. Sentados sobre la colina hablaron de mil cosas mientras la luna recorría orgullosa su camino sobre la bóveda celeste. 

A los lados un bosque de pinos se erguía soberbio colmando de vida y verde toda la montaña. Frente a ellos se extendía un pequeño prado y, tras él, una playa larguísima que abrazaba las olas de un mar en calma quieta que se perdía hasta donde alcanzaba la vista más allá del horizonte desvelado. 

Los grillos tocaban su canción y las luciérnagas parecían pequeños destellos de día esparcidos por el campo y lanzadas a la carrera contra el viento de la noche. Pasaban las horas y las palabras se hacían cada vez más cariñosas. Finalmente, con los primeros rayos de la aurora, uno de los brazos estrechó el otro cuello y un beso de gorrión se posó desenvuelto sobre los labios. 

lunes, 5 de enero de 2015

Oda de toda valentía

Tiritando me desvelo y veo
Rayos grises que asoman por la ventana
Sin flores ni alegrías.

El invierno muchos soles ha picado
Y arrullado por el frío enero
También Helios ha caído.

Soy el que fui sin serlo
Soy una sombra en el espejo que no reconozco
Soy un cadalso preparado.

La vejez mis años ha mordido
La salud, antaño portentosa, desaparecida
La esperanza, ¡ay esperanza!

Que fuiste vela y timonel
Movida por el viento y las mareas
Urdiste horizontes caprichosos ahora marchitos. 

Oda de toda valentía
Ya no hay trono ni corona
Ya no hay horas ni tampoco días… 

martes, 30 de diciembre de 2014

La Bestia que gritó en el Corazón del Mundo

Vi entonces que la mujer de cabellos dorados abrazaba un bebé y lo estrechaba contra su pecho. Pero sucedió entonces que tembló toda la tierra y el cielo se estremeció. Las montañas que estaban en el oriente se quebraron y nació de sus entrañas una bestia informe que tenía muchos brazos pero ninguna cabeza.

La bestia se lanzó con prontitud sobre la mujer de cabellos dorados que estaba con el niño y se lo arrancó de entre los brazos. Sin embargo la mujer no supo lo que había sucedido porque tenía un espejo en su mano derecha mientras que con la izquierda se peinaba una y otra vez sin reparar en que su hijo había sido separado de su lado.

Comenzó entonces la bestia a devorar al bebé que había robado y lo hacía con ansia como si de un Saturno cegado por el miedo se tratara. Cuando terminó con la criatura la mujer eterna gimió de dolor al descubrir la tragedia que había acontecido y su llanto se oyó desde el ancho cielo hasta el profundo Tártaro que es habitado por monstruos sin forma y demonios traidores.

Siguió a su llanto un grito como nunca antes se había oído pero fue la bestia quien profirió el aullido ahora. Gritó con tal fuerza que se quebraron las montañas cercanas y lejanas, los mares se secaron y el cielo se tornó negro y rojo como la sangre que fluye, pero no era el cielo de la noche porque no había estrellas ni tampoco luna, ni cuerpo celeste alguno que brillara entre las nubes porque todo era negro y latía paciente derramando muerte sobre las cabezas de todos los mortales a los que cobijaba.

Murieron las esperanzas de la humanidad cuando la bestia devoró la joven criatura y ahora la mujer de cabellos dorados se había tornado en anciana con la cabeza blanca y se lamentaba de lo ocurrido. Lanzó el espejo contra las montañas que parían humo y fuego y se rompió en pedazos muchos que desaparecieron por entre las llamas para siempre. En aquel momento murieron las vanidades de los hombres.

Entonces la bestia gritó por segunda vez y comenzó a alimentarse de la anciana que no se defendía y se dejaba morir mientras lloraba  por el hijo perdido. Cuando hubo sido aniquilada la bestia se sentó y un profundo sueño se adueñó de su voluntad. Sucedió entonces que cesó el fuego y el humo y surgieron por todos lados vientos fríos que congelaron la tierra y también a la bestia que dormía.

Un manto de nieve negra y ceniza cubrió todo el mundo y el cielo se hizo frío como el hielo que seguía siendo negro pero sin sangre. El invierno lo invadió todo y duró su reino por mil años. Pasados los mil años nació un niño de entre el polvo y las ruinas del mundo antiguo que cultivó la tierra y cuidó los árboles para que dieran frutos muchos y comenzó el nuevo Génesis.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Mortajas y ceniza

Miedo es ser un fuimos y no un seremos
¡Ay de los años!
Acontece lo vivido
Escapan los deseos…

Se esfuman los mañanas…
Contemplo el devenir de los días
La vejez apremia
Y mi sabiduría es la misma…

Soy recuerdo más que sueño
Soy un yo lejano
Soy memoria sin espacio
Soy un casi ya no ser.

¿Dónde quedaron las mieles de la juventud?
Vienen, van…
Seducen, muerden y luego matan
Lirios marchitos que se tornan espino. 

Aparecen las sombras de la lejanía
¿El poeta? ¿El filósofo?
Delirios de un viejo loco…
Sólo mortajas y ceniza que no escapan al destino… 

domingo, 7 de diciembre de 2014

El Señor X

Tengo un conocido al que le gusta mucho parafrasear la Biblia. No es que sea especialmente un cristiano piadoso, dice creer en Dios y esas cosas, y si le preguntan siempre se define como cristiano pero no practicante. La verdad es que si cita las Sagradas Escrituras no es por fe ni devoción sino por interés. En realidad sólo hay un versículo que se sepa de memoria y es el que se corresponde con el 8:7 de San Juan: <<Como ellos insistieron en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero>>.

La verdad es que sólo cita la última parte cuando le conviene. Siempre lo utiliza de excusa para justificar todos sus actos: <<Yo lo haría… pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra>>, <<Si ya sé que está mal… pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra>>, <<Bueno… al fin y al cabo quien esté libre de pecado que tire la primera piedra>>.

Todas estas cuitas siempre vienen precedidas de alguna mala idea que termina normalmente, sino en tragedia, en acciones censurables y poco recomendables. No diré el nombre de mi conocido, pues como conocido mío que es lo último que quisiera es perjudicarle con estas líneas, así que le llamaremos Señor X. 

El Señor X es un aficionado de los bares, y no sólo de esos en los que se pueden comprar bebidas. Las mujeres son su perdición y su matrimonio una tortura. En el trabajo siempre se escapa de las funciones que le son apropiadas por su cargo y en la declaración de la renta siempre se las ingenia para defraudar lo más posible. Estas cosas a veces las vende como machadas y otras como debilidades. Cuando se tratan de la segunda es entonces cuando el Señor X se acuerda de su educación cristiana y echa mano del Evangelio. 

Muchos que lo conocen balbucean de él la misma cantinela para no quedar mal cuando le preguntan: <<En el fondo no es mala persona>>, <<No ha matado a nadie>>… y un largo etcétera de fórmulas similares. Yo creo que sí que es mala persona. Siendo justos no podemos decir que un hombre sea bueno porque no haya matado a alguien, en realidad si lo hubiera hecho sería una persona malísima. Por esto, los que no han matado a nadie no pueden ser sólo una “no buena persona”. Pero la gente siempre tira de estos tópicos para no mancharse las manos y no parecer duros con aquellos que en verdad son malvados por si, algún día, les tocara a ellos ser juzgados. 

El Señor X no tiene solución, cuando parafrasea la Biblia y cuando no. Siempre se las ingenia para justificar todo el mal que hace. Su táctica suele ser la misma en todas las ocasiones. Consiste, básicamente, en reconocer el daño que hace pero busca una razón, que en verdad no es razón sino excusa, que justifique sus actos. En ese sentido es inteligente porque no pretende hacer creer a su interlocutor que no practica el mal y sí el bien. Él reconoce su mal, lo reconoce sin ningún tipo de reparo. Sin embargo siempre encuentra una fuerza externa que, de un modo u otro, le lleva a realizar los actos impíos que ejecuta sin que él pueda hacer nada para evitarlo. 

Por esto el Señor X no tiene solución. No busca el bien porque cree que el mal tiene razón de ser, que está justificado. Considera que todo el daño que hace es necesario porque no tiene origen en sus actos sino en miles de otras cosas que le llevan a él, pobre víctima del sistema y la sociedad, a actuar de la manera que lo hace. 

Alguna vez, hace años, ahora ya he tirado la toalla y aceptado que no me corresponde a mí salvar a nadie de sí mismo, intentaba hacerle entrar en razón. Intentaba que viera que todos sus actos, incluso aquellos que están condicionados por la sociedad, son suyos y que tiene la capacidad de escoger qué hacer y qué no hacer. Que toda esa patraña de “quien esté libre de pecado” no hace sino incrementar el problema porque encuentra una justificación que lo único que hace es acrecentar el mal primigenio porque, hallando razón de ser a dicho mal, éste se perpetua en el tiempo y con ello es peor aún el mal resultante de un falso razonamiento que el primero que no había sido sometido a la luz de la razón porque peca de mal per se y de mentiroso. 

Cuando el Señor X juega a ser un exégeta bíblico no puedo evitar acordarme de otro versículo de las Escrituras, Mateo 5:48: <<Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto>>. Pues si vamos a utilizar la Biblia para justificar nuestros actos que, por lo menos, sean estos actos para hacernos mejores y no peores. Pues, aún reconociendo que la perfección es una meta imposible de alcanzar, debe estar en ella puesta nuestro horizonte y nuestro punto de referencia. Como hay muchos grados de formas de ser, al menos, quedémonos con el más elevado de todos y no pretendamos aspirar a lo más bajo por no ser capaces de llegar a lo más alto. En este caso viene a mi memoria la famosa frase del filósofo que decía “estad vigilantes de vuestros actos, no sea que por miedo a la muerte nos terminemos suicidando”.  

Es lo que el Señor X ha hecho ya en vida. Ha aceptado que el mal es imposible de combatir y se ha dejado arrastrar por él. Ya no opone resistencia y se deja llevar, con suavidad, a formas de autodestrucción refinadas que malogran poco a poco su cuerpo y también su alma. Ha renunciado a su libertad para así no ser responsable de sus actos y no tener que rendir cuentas a sí mismo. Lo que no sabe es que, a pesar de su renuncia, al final el Hombre termina siempre por encontrarse consigo mismo del mismo modo que el espejo nos devuelve fielmente y sin eufemismos los años y los vicios acontecidos. Pues no debemos olvidar que el Hombre, por su propia naturaleza de ser Hombre, no puede nunca dejar de ser libre, al menos en lo que al terreno moral se refiere. 

martes, 2 de diciembre de 2014

¿De dónde nacen las barbas?

De unos años a ahora hemos podido observar un hecho curioso que se ha extendido en nuestra sociedad y nuestras ciudades ciertamente de manera tímida al principio, pero que luego ha ido tomado tal forma que su crecer ha sido imparable y constante hasta los días que hoy acontecen. Si usted, querido lector, es un hombre atento, o una señorita observadora, se habrá percatado naturalmente de que aquello que desde hacía décadas era considerado como una falta de higiene y de buenas maneras en lo que al decoro se refería ha pasado a ser tenido por un acto de sofisticación y vanguardia sin que su naturaleza haya variado lo más mínimo. 

Es este hecho cuanto menos curioso y obliga a reflexionar sobre lo banales que pueden llegar a ser nuestras opiniones en lo que a la moda se refiere, pues aquello que antes era malo ahora es bueno del mismo modo que aquello que antes era bueno es ahora tenido por malo y, sólo Dios lo sabe, qué montones de otras costumbres y tradiciones habrán de cambiar con el devenir de los tiempos pues, al fin y al cabo, la moda no es más que eso, costumbres y tradiciones. 

Este hecho cambiante, tan inesperado hacía décadas, que se extiende hoy en día como la pólvora por las calles de nuestras amadas ciudades, y al que me refiero en estas líneas, es ni más ni menos que el auge de lo que he dado en llamar el imperio de las barbas. 

Llegados a este punto, como buen analista de las costumbres que veo a mi derredor y que despiertan la curiosidad en mi ánimo, sólo cabe hacer una cosa y es preguntarse por el porqué de este cambio. No me interesan tanto las consecuencias como las causas, pues conociendo las causas el saber de las consecuencias es casi instintivo. 

De esta forma comencé a darle al pensamiento con el objeto de llegar a conocer los principios que han propiciado el auge de tal moda y que es ya, de hecho, mayoritario en algunos barrios de Madrid. Después de estrujarme un buen rato la sesera, he llegado a la conclusión de que hay varias causas que son las posibles motivaciones del esplendor de dicho imperio. 

En primer lugar, y por culpa de mi carácter tremendamente racional y analítico, pensé en las motivaciones prácticas que puede tener cualquier individuo a la hora de dejar crecer libre y pobladamente en su boca y mejillas esas madejas de pelo que vemos por todos lados, y llegué a una conclusión sumamente sencilla y esclarecedora. Si dejamos la barba crecer no hay que cortarla, si no hay que cortarla ganamos tiempo y ahorramos dinero en los productos de belleza destinados a semejante tarea. 

Sin duda resulta mucho más lógico y deseable dejarse crecer el vello facial por la sencilla razón económica relativa al tiempo y al dinero. Pues es que, en este caso, la teoría del menos es más se aplicaría al ahorro de minutos frente al lavabo destinados al afeitado y al dinerito ahorrado en cuchillas y espumas y geles y demás potingues en vez de al volumen del vello facial. 

Una vez aceptada como principal motivación del imperio de la barba la cuestión práctica quise indagar más y proseguí con mis quebraderos de cabeza sobre el tema ya que, a mi entender, la mera cuestión pragmática se me antojaba lógica pero insuficiente y excesivamente pobre como para dar por explicado completamente el caso. Entonces fue cuando acepté que, si bien puede haber una razón principal que motive tal hábito y que, a saber, sería la cuestión práctica, sin duda, como en la mayoría de las cosas, la causa de este fenómeno debería ser buscada en una multitud de motivaciones y no sólo en una por lo que comprendí que era necesario que hubiera más razones que justificasen la emergente proliferación de barbas.

De esta forma continué pensando y llegué a la segunda razón que, a mi entender, está detrás del auge que nos atañe: el mundo hipster. No me entretendré en largas y tediosas explicaciones de qué es el mundo hipster así que continuaré con el discurso dando por supuesto que el lector conoce sobradamente a lo que me estoy refiriendo y todo aquello que está relacionado con ello. Si no fuera así, recomiendo encarecidamente que haga una pausa en la lectura para informarse debidamente al respecto y que después retome el texto ya que, de otro modo, es muy posible que se pierda y no alcance a comprender correctamente aquello de lo que voy a hablar a continuación. 

Las barbas han sido una constante en el mundo hipster desde que se inició el movimiento o, lo que es lo mismo, desde que recibió un nombre que englobase a todos sus individuos bajo una misma nomenclatura en lugar de desperdigarlos en complicadas clases y tipos más compartimentados que las categorías aristotélicas sobre el ente contingente y todo lo que le incumbe. De esta forma la segunda razón que explicaría la nueva presencia de las barbas en nuestra sociedad sería la popularización del movimiento hipster, ya sea porque haya más individuos que se identifiquen con dicho movimiento o porque, simplemente, adopten elementos asilados que son propios de este colectivo porque se haya puesto de moda a raíz de su auge. 

Esto nos lleva a preguntarnos el porqué del esplendor hipster pues, de no haberse producido, tampoco sus usos y maneras se habrían extendido de tal forma. Llegados a este punto comprendí lo siguiente: El poderío del mundo hipster surge al amparo de la decadencia mainstream o, lo que es lo mismo, el fin del sueño yuppie. El estilo aseado e impecable que caracterizaba el mundo yuppie de finales de siglo XX se ha derrumbado y, tras unos años de incertidumbre, las piezas rotas de aquel juego encontraron su felicidad gremial en el nuevo colectivo surgido a raíz de tal desastre: los hipsters

El sueño yuppie se había derrumbado y se había construido una alternativa que rechazaba todos los postulados teóricos de aquella idiosincrasia anterior y ya defenestrada por todos esos eslabones rotos de la cadena. Este hecho explica del mismo modo el porqué se desarrolla la barba en este colectivo, es un efecto rebote contra los estereotipos elegantes e impecables del arquetipo yuppie. De esta forma las barbas florecen fuera de las oficinas, en los espacios alternativos e indies, en aquellos lugares habitados por los que se han quedado sin el trozo de pastel que la sociedad les prometía. Por lo tanto, la segunda razón que enarbola el imperio de la barba es el hundimiento del sueño yuppie.

Teniendo ya dos causas que han propiciado el esplendor del vello facial tenía ya mi explicación multicausal del problema. Sin embargo, como soy un masoca empedernido al que le gusta machacarse la sesera con pensamientos que van y vuelven para finalmente marcharse nuevamente y nuevamente retornar, seguí dándole al coco y descubrí una tercera causa que, siendo la última en mención, no es por ello menos importante a la hora de ser tenida en cuenta. 

Después de mucho pensar sobre el caso me di cuenta de que llevar barbas, más o menos pobladas, eso ya queda al gusto del portador, tiene un beneficio añadido que es el ligoteo. En las discotecas y bares de nuestras amadas ciudades podemos ver como los hombres barbudos se emparejan, con mayor o menor éxito y duración, sobre la calidad de dichos emparejamientos cabría escribir otro artículo completamente nuevo por lo que no me aventuraré por terrenos tan farragosos, y son considerados atractivos tanto por las de un género como por algunos de los del otro. 

Esto hace pensar que detrás del imperio de las barbas hay una motivación esteticista. La verdad es que desde que Alejandro pusiera de moda las caras afeitadas entre sus huestes griegas ha sido una constante de Occidente preferir las mejillas rasuradas a las pobladas, al menos en la mayoría de los casos y los tiempos, siempre con sugerentes excepciones. Sin embargo el afeitado, pese a desvirtuar la naturaleza específica del hombre macho ha sido tenido por un acto de higiene y sofisticación cuando, en realidad, es una alteración flagrante de la naturaleza masculina per se

Así vemos como, por las vicisitudes del destino, una vez instaladas las barbas en nuestra sociedad, estas han tenido una gran acogida porque son atractivas, son estéticas y son sensuales; siempre que se lleven bien recortadas y acicaladas naturalmente, lo último que quisiera es que el lector interpretase mis palabras como una apología de la falta de higiene. De este modo, la tercera causa del auge del imperio de las barbas es que son atractivas estéticamente.  

Con todo esto vemos que son tres las causas que han motivado este nuevo imperio que rige hoy la moda de nuestras ciudades. Teniendo las causas bien definidas en este pequeñísimo postulado comprendemos el porqué de su esplendor y asentamiento, pues las causas nos hablan de los beneficios que obtiene el hombre al portar consigo una de estas madejas de pelo cubriéndole la cara: pragmatismo, rechazo de un modelo social caduco y aceptación del nuevo que ha venido a sustituirlo y, finalmente, esteticismo. 

Así que sólo me queda por decir que, sin que estuviera en mi ánimo inicial escribir una apología a la barba cuando comencé este artículo, debo reconocer haberlo hecho. Mi mente vuela libre y vienen a mi cabeza personajes que ya sólo viven en los anales. Mientras termino estas líneas con mi siniestra jugueteo con los pelos que crecen en mi barbilla y que, reunidos todos ellos en un torbellino de locas vellosidades, dan un aire lopesco a mi cara, que no a mis escritos, líbreme Dios de tal soberbia, y pienso en muchos de los grandes hombres de la Historia. Hombres, si no todos ellos al menos muchos, con barba.